Clave de Sol

The Dear Hunter – Act III: Life and Death

In Música on julio 16, 2009 at 08:55
The Dear Hunter - Act III: Life and Death

The Dear Hunter - Act III: Life and Death

Hacía tiempo que no esperaba con tanta ilusión un disco. Tendría que retroceder mucho tiempo, a 1992, el año en que salió Silvio, el magnífico disco que publicó Silvio Rodríguez después de la sequía que siguió a Oh, Melancolía.

Había marcado en el calendario el 23 de Junio como el día señalado para la publicación de Act III – Life and Death, la tercera parte de la obra compuesta por Casey Crescenzo con su grupo The Dear Hunter, una banda que, siguiendo las tradiciones del rock progresivo, es cada vez más inestable y susceptible de entradas y salidas.

Ya hemos hablado en Pezones de Venus de las dos entregas anteriores, la sorprendente primera parte, Act I: The Lake South, The River North, y la segunda, Act II: The Meaning of, & All Things Regarding Ms. Leading, que sirvió para confirmar que la anterior no había sido mera casualidad.

La portada de esta tercera entrega vuelve a presentarnos el árbol, símbolo de toda la serie, esta vez con más similitud que nunca a la mítica zarza ardiendo, con un diseño más estilizado, más sintético y, en mi opinión, más elegante. En realidad, estos adjetivos pueden aplicarse a la música que contiene ya que, aunque no existen grandes cambios en cuanto a las fórmulas musicales, sí hay algunas variaciones dignas de mención y que no pasarán inadvertidas a aquellos que hayan disfrutado de las dos primeras entregas.

Lo primero que llama la atención en Life and Death es la duración de las canciones. No encontramos ninguna cuya duración vaya más allá de los 6 minutos. No hemos visto, en las dos entregas, temas de una duración excesiva, pero en este tercer acto, parece existir una determinación clara en ese sentido. De hecho, la duración total del disco es mucho menor a la del segundo acto, que supuso un auténtico tour de force.

Esto se refleja también en la estructura de los temas. Life and Death es, probablemente, el menos progresivo de los tres actos. Podríamos incluso decir que, tomado de forma aislada, se trata, siendo ortodoxos, de un disco rock, con todos los adjetivos que uno quiera, pero rock por encima de todo. Los temas están hechos de una pieza, la dimensión sinfónica ha desaparecido casi por completo en beneficio de la sintetización y de la fuerza rítimica. Este último aspecto puede que sea el que mejor define el disco. Life and Death es un disco poderoso, con una fuerza tremenda, un disco en el que existen verdaderos himnos rock que no tienen nada que envidiar a los de los grupos consagrados. Como ya hemos comentado en referencia a otros discos, es inimaginable lo que un productor con visión podría hacer con este disco si quisiera promocionarlo entre el gran público. En mi opinión, tendría el éxito asegurado.

The Dear Hunter sigue haciendo gala, igual que en las dos anteriores entregas, de su facilidad para los ritmos y las orquestaciones. No existen grandes cambios en esta tercera parte. Si acaso, puede observarse cómo a Casey parece haberle gustado el resultado que dieron algunos temas del segundo acto, como The Oracles on the Delphi Express, y ha explotado ese ritmo binario, marcado y subrayado hasta la extenuación, con resultados tan excelentes que casi podríamos atribuirle la creación de un nuevo subgénero musical, el de swing rock.

Pero, como siempre, lo mejor es darnos un paseo por cada uno de los temas y ver de lo que estamos hablando de verdad.

Como ya deberíamos intuir, Life and Death se abre con un tema coral (al estilo del Battesimo Del Fuoco del primer acto). La línea melódica va por un camino muy parecido. El valor nuevo que aporta Writing on a Wall es que incluye un hermoso acompañamiento de piano y que está construído en crescendo, un crescendo en el que se va marcando la profundidad de las voces y el lirismo de los coros. Es un buen ejemplo de lo que nos depara este disco. Writing on a Wall es un coro a capella en toda regla que ha sido dulcificado. Con eso no se renuncia a la filosofía de la saga, pero se asusta menos al personal, se hace más digerible, otro adjetivo que le pega mucho a este disco, el más accesible de los tres con muchas diferencia. De hecho, existe una versión de este mismo tema, incluida como extra, e interpretada a capella (Writing on a Wall a capella).

Al igual que en el primer acto, el coro de introducción es seguido de una descarga de adrenalina (en aquel caso, era City Espape). Ésa es la función de  In Cauda Venenum, un tema de cuatro minutos que no tiene tanta fuerza como aquel, que es mucho más lírico (con armonías de las llamadas orientales, con cadencias en tonos menores) pero que tiene una introducción apoteósica (en el que la batería y las guitarras se preguntan y responden en una conversación violenta) que se repite intermitentemente a lo largo de la canción. La consecución de estos dos primeros temas se convierte, de este modo, en una marca de fábrica de The Dear Hunter.

Una vez situados en el mapa, Casey se deja de fuegos artificiales y empieza a repartir magia. What It Means to be Alone, además de poseer un título bellísimo, es puro The Deart Hunter, contiene el sonido que ha hecho única a esta saga y es el primer gran tema del álbum, aunque no lo parezca a simple vista. Y no lo parece porque es una de esas canciones que están hechas para ir de menos a más, que empiezan de forma amable para ir creciendo sin que nos demos cuenta. Los versos iniciales, Oh, you were born with the sun, son amables y sugerentes (con esos arpegios circulares de los teclados). Con Prayers from above las cosas empiezan a tomar un aire diferente, de transición hacia otra cosa que se concreta con la guitarra chorreando rock al final de la frase Now the only one you have is you (un manifiesto perfecto que define lo que significa la soledad, que no es otra cosa que la sensación que uno tiene, en ocasiones, de no poder contar más que consigo mismo, con nadie más). La sucesión se repite con variaciones cada vez más intrincadas hasta que, sin preveerlo, Casey nos ha llevado a un rock de tintes épicos, el que desata con Don’t turn away! Es un pasaje que apenas dura veinte segundos, pero es suficiente para dejarnos con los nervios temblando y el corazón en un puño, seguramente debido a su escasa duración. Es entonces cuando, al mirar hacia atrás, a aquel verso que parecía tan ingenuo (Oh, you were born with the sun), descubrimos que Casey ha jugado con nuestras emociones como ha querido. Y nosotros le damos las gracias por ello.

Sin conceder el menor respiro, The Dear Hunter sube el listón y encadena una canción aun mejor, The Tank, la única del álbum que no tiene una estructura sencilla. The Tank es un juego entre dos temas que se mezclan y luchan entre ellos. El primero, Eight wheels lusting for the lives of infantry, es un tema muy rítmico en el que la batería marca con violencia los tiempos fuertes del compás binarios, las cuerdas sirven de acompañamiento y unos coros graves llenan los silencios de Casey (y al que le podríamos encontrar similitudes hasta con Tom Waits). El segundo, You’ve stained your skin, es un tema completamente lírico, romántico, que cambia el compás a un ritmo ternario y en el que los coros se dulcifican ascendiendo de escala. El tema empieza con Eight Wheels, al que sucede al cabo de un minuto You’ve stained your skin. Cuarenta segundos dura el ataque lírico, que es sustituído de nuevo, con fuerzas renovadas, por Eight Wheels. Treinta segundos después, You’ve stained your skin reaparece habiendo adquirido parte de la fuerza de Eight Wheels. Un interludio relaja la lucha para servir a la catársis final, en el que el tema lírico acaba predominando pero con la rabia del rítimico, una victoria llena de desesperación. No se puede pedir más en poco más de cuatro minutos.

The Poison Woman es un tema en el que el ritmo lo es todo. Un compás binario en el los tiempos fuertes marca el camino a la voz de Casey y a todos los instrumentos. Es un tiempo medio que va acelerándose, enriqueciéndose con las aportaciones orquestales (sobre todo en el pasaje she swears she’s offering you something savory). A las dos primeras repiticiones del tema principal le sucede la sublimación de lo anterior en she had her supersitions para terminar el tema sustituyendo ligeramente el concepto rítmico por uno más grandioso y rockero, el que se desgrana en With the weight of the world on her shoulders.

The Thief es, en mi opinión, el corte más curioso del álbum. Se aparta completamente del sonido general del disco, del concepto sonoro de Life and Death (y casi podríamos incluir también las dos anteriores entregas). Se trata de un tema con acompañamientos psicodélicos a la guitarra que apenas pueden ocultar la fuente en que está inspirado, que no es otra que Radiohead. Algunos pasajes podrían ser interpretados perfectamente por Tom Yorke, sobre todo los construídos en base a la frase I’ve got the time tonight. The Thief es un tema que puede despistar al principio pero que, escuchado de forma aislada, revela su majestuosidad y su maestría.

Mustard Gas está cercano a In Cauda Venenum y es, probablemente, el que más nos recuerda al Casey de The Receiving End of the Sirens. Está, sin embargo, mucho mejor construído (con juegos entre los coros y los instrumentos para alcanzar las escalas menores, por ejemplo), con más convicción y eficacia, con giros que lo acercan a un rock amable (sobre todo en el pasaje montado sobre los coros de From the other side) y un ejercicio de postproducción muy cuidado.

Saved es una canción lenta y cariñosa tocada a piano y guitarra en la que Casey juega con los coros y la percusión. El resultado es eficaz, aunque no logra alcanzar la excelencia de la que, para mí, por el momento, es la gran balada de este saga, la hermosísima His Hands Matched His Tongue del primer acto.

He Said He Had a Story es, en mi opinión, el mejor tema de todo el álbum, el momento de la clave de sol. La estructura es muy parecida a la de The Tank, pero, en esta ocasión, la inspiración lo convierte en algo genial. La canción empieza con el tema There was a silver circle sign, construído en base a la voz de Casey, una batería convencional y una guitarra feliz de estar en segundo plano. Al llegar al primer minuto, el lirismo detiene prácticamente la canción e introduce el tema Please be soft and sweet to me, this life has not been good.  No dura más que veinte segundos, y el tema incial vuelve a retomarse con más urgencia. Las cosas empiezan a precipitarse. El tema lírico hace de nuevo acto de presencia, pero, esta vez , además de presentar la voz de Casey en sordina, le añade un toque de incertidumbre gracias a los acordes inquietantes del piano y a los platillos de la batería. El resultado es de expectación. Casey está preparando el terreno, está añadiendo madera al polvorín y está empezando a encender la llama sin que casi nos demos cuenta. Y, entonces, de pronto, estalla en la frase I will only take from you, and use it up, una frase que pone los pelos de punta, que repite and use it up una segunda vez dejando la melodía en alto para concluir con la rabia de What was her name?. Y no hemos terminado. Una guitarra distorsionada relaja los ánimos durante unos segundos, pero por poco tiempo. Los teclados, la bateria, empiezan a anunciar el climax final y, al igual que un cohete es disparado al cielo para que estalle en fuegos artificiales, una nota aguda asciende y abre la caja de los truenos, revisando con rabia el pasaje Break and bind yourself to me y casi repitiendo a voz en grito la frase What was her name?. No hay más que decir, Casey nos ha dejado sin palabras.

Después de esta maravilla, Casey, consciente, tal vez, de la dificultad de superarse, rebaja sus expectativas.  This Beautiful Life es una canción interesante y resultona, llena de giros (demasiados, en mi opinión) y en la que el piano inicial se mezcla con unas guitarras eléctricas a las que ya no les queda demasiada fuerza y una batería siempre en forma. El pasaje más llamativo de la canción, el que destaca sobre los demás, el que empieza con Oh, but somewhere y, ascendiendo poco a poco, termina en un hermoso conjuro, Life is Beautiful. Aunque es una canción al alcance de unos pocos, a partir de este punto (y con la excepción del siguiente tema), The Dear Hunter pierde fuerza. Todavía nos va a dar otros dos temas más (Son y Father), muy ligados entre sí, pero la inspiración ya se ha echado a dormir.

En la introducción hablábamos del original tema que se marcó Casey en el segundo acto, The Oracles on the Delphi Express. Debió gustarle el resultado, porque en este tercer acto vuelve a repetir fórmula con Go Get Your Gun, y, en mi opinión, con mejores resultados todavía. Go Get Your Gun es un auténtico swing con aroma a western, un tema para bailar que se abre con una batería marcando un típico ritmo de swing y a la que se van añadiendo instrumentos (como el banjo). Casey demuestra que, aunque no tiene una gran voz, tiene un gran sentido melódico y rítmico. Los breaks de batería, aunque copiados descaradamente de los grandes temas de Benny Goodman (compárese el ritmo y los giros con la mítica Sing, Sing, Sing de Benny Goodman en este extracto de la película Swing Kids), son eficaces y tienen la capacidad de levantar a un muerto. Imprescindible para levantar la moral y una joya de este disco.

Después de esta orgía rítimica, Casey rompe de nuevo con Son, un tema cuyos primeros cuarenta segundos son de nuevo un coro a capella que recuerda, otra vez, a Battesimo Del Fuoco. Son es un tema en el que The Dear Hunter se olvida de las guitarras eléctricas por completo. A los coros les sigue un ritmo ternario en el que los tiempos débiles son marcados con los rasgueos de una guitarra acústica. La atmósfera general es de una absoluta tranquilidad y armonía que sólo son rotas por la irrupción de un piano retumbando con acordes graves. A partir de ahí, el piano se dulcifica hasta retomar la dulzura del principio, ayudado por instrumentos de cuerda. Otra hermosa canción que, en mi opinión, no acaba de cuajar del todo. La ausencia de las guitarras eléctricas se echa demasiado de menos en una canción que es la más larga del disco.

A la siguiente, Father, le sucede algo parecido, aunque el resultado es mucho mejor. Empieza donde lo dejó Son, con firmes acordes de piano en tonos menores para dar un giro a los veintiocho segundos y entrar en Oh, what a mess, un pasaje que levanta el tema para depositarlo, sobre la nota alargada de una guitarra eléctrica, en un nuevo remanso, it was so long ago, que da paso al climax de We stand and wait, el tema más conseguido y original de toda la canción, lo que verdaderamente sobresale. Retomamos de nuevo Oh, what a mess para desembocar en el tema de it was a long ago, esta vez sobre la frase one of this days, que se repite una y otra vez ascendiendo, volando a lomos de una guitarra eléctrica que la embellece hasta llevarla en una apoteosis final sosegada y hermosa. Como hemos dicho, el resultado, aunque no logra la unidad y la brillantez de otras canciones, sí es  digno de elogio.

Life and Death, el tema que cierra este tercer acto, con su melancólico piano solo, recuerda, más que a ninguna otra cosa, al broche final del primer acto, The River North, aunque apenas dura un suspiro, desvaneciéndose en un acorde grave.

Después de todo lo dicho, poco podemos añadir. Life and Death, la tercera entrega de la saga de The Dear Hunter, mantiene el altísimo nivel de las dos anteriores, las supera en algunos aspectos y, gracias a un giro evidente hacia la simplificación (aunque sólo sea aparente) es un banderín de enganche para aquellos que todavía no hayan escuchado nada de este magnífico artista. Si Casey mantiene su idea de llegar hasta seis entregas, tenemos asegurado el disfrute por varios años más. Y más. La saga de The Dear Hunter es ya un hito de la música rock contemporánea.

Web Oficial

The Dear Hunter en MySpace

Act I: The Lake South, the River North

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The Mars Volta – Octahedron

In Música on junio 27, 2009 at 22:41
The Mars Volta - Octahedron

The Mars Volta - Octahedron

Esta semana vamos a tener, por fin, la oportunidad de hablar de uno de los mejores grupos de rock de la actualidad, un grupo que está construyendo su historia de forma  discreta, sin concesiones comerciales y con un genio inabarcable.

Nos referimos a The Mars Volta, el grupo norteamericano formado en el año 2001 por Omar Rodríguez (el sucesor natural de los grandes guitarristas de los setenta) y Cedrix Bixler-Zavala.

Su música ha sido definida como rock progresivo, y nosotros, que somos devotos de este género, no vamos a llevar la contraria. Sin embargo, en el caso de The Mars Volta, el tópico es más real que nunca: esa etiqueta es una forma de intentar atrapar un estilo inconfundible y un intento de resucitar el verdadero rock, tal y como se le entendía a finales de los sesenta y principios de los setenta, pero enfocándolo de una forma nueva.

Hace apenas unos días, el 22 de junio, se publicaba oficialmente su quinto álbum de estudio, Octahedron. Según sus propios integrantes, el objetivo era hacer su primer disco acústico, aunque, cuando uno lo escucha por primera vez, llega a la conclusión de que le han tomado el pelo a lo grande.

Podríamos describrir el estilo de este grupo y no terminaríamos nunca, pero lo mejor es recorrer los ocho temas del disco y disfrutar en el viaje como niños, que es de lo que, al final, se trara siempre.

Existen muchas formas de abrir un disco, y The Mars Volta elige una de las que más me gustan, romper el silencio inicial poco a poco, con una nota aguda que asciende en volumen durante más de un minuto, progresivamente, hasta desembocar en Since We’ve Been Wrong, primer single en EEUU. Es como tender un puente entre la realidad, llena de ruido caótico, y el disco, en el que el ruido en convierte en música. Y qué mejor manera de abrir la puerta que un arpegio de guitarra. La voz de Cedrix desgrana versos apoyándose en todas y cada una de las vocales, diviendo la introducción en bloques separados por silencios que parecen poder conducir a cualquier parte. Y lo hacen. De repente, una hermosa voz doblada rompe en un estribillo maravilloso que asciende una primera vez quedándose a medias y que desemboca, la segunda, en una explosión romántica en la que la batería te llega al corazón, la voz juega a contrapunto con los coros y las guitarras se liberan para improvisar de fondo. The Mars Volta demuestra que este álbum va a ser diferente, que son capaces de hacer cualquier cosa y hacerla bien, que, si quieren, pueden ser más clásicos que nadie.

En mi opinión, existen dos temas que brillan por su excelencia sobre el altísimo nivel general del álbum. Uno de ellos es la segunda cara del octaedro, Teflon. En él, se cruzan y entrecruzan a la perfección los tres elementos esenciales sobre los que están construídos todos los temas de The Mars Volta, la voz versátil y casi en falsete de Cedrix, la guitarra estratosférica de Omar y un batería que siempre es algo más que un mero acompañamiento. Teflon, un tiempo medio, evoluciona con elegancia sobre las distorsiones y los juegos sonoros de las guitarras, verdaderos ejercicios de estilo que muestran infinitas variaciones y detalles. Los solos vocales, que suben y bajan de escala, están perfectamente engarzados con los coros. Una verdadera maravilla.

En Halo of Nembutals, The Mars Volta utiliza, en la introducción, sonidos industriales y distorsiones de cuerdas para crear sensación de profundidad y un clima oscuro. La voz de Cedrix refuerza la atmósfera inquietante. Entonces, un break de batería y el despertar de la guitarra cambian el tono sirviendo de apoyo a una frase repetitiva. La introducción inicial vuelve a repetirse, pero esta vez en clave acústica, más plana, más inmediata. A partir de ahí, la estructura se repite una y otra vez de forma más furiosa, más desesperada, como si uno estuviera sumergiéndose en un abismo y cayera cada vez a más velocidad. Los últimos compases son realmente desatados. Un tema poderoso que, en mi opinión, no logra encontrar el equilibrio ni liberarse completamente. Un tema que se queda a medias.

El segundo momento cumbre del disco, en mi opinión, es With Twilight as My Guide, que también es el momento de la clave de sol. En cierto modo, es la otra cara de Teflon. La batería ha desaparecido completamente, y las guitarras crean una atmósfera crepuscular a base de escalas descendentes, sonidos amortiguados y juegos entrecruzados. La voz de Cedrix realiza el mejor trabajo de todo el álbum y consigue, probablemente, el lirismo más
emocional de toda la carrera del grupo. Un grupo que es capaz de hacer dos temas tan distintos y alcanzar en cada uno de ellos la perfección, es capaz ya de hacer cualquier cosa. Una canción para escuchar después de hacer el amor y sentir la vida pasar mientras la persona a la que amas te abraza.

Cotopaxi es el verdadero subidón de adrenalia del disco, un tema que recuerda más que ninguno el tono de los anteriores álbumes de The Mars Volta y que ha servido de primer single en Europa. Si dura apenas tres minutos, entiendo que es debido a que el grupo no ha querido cargar mucho las tintas para no perder el espíritu sosegado y acústico que prentedían en Octahedron. En cualquier caso, tampoco me parece una de sus mejores
composiciones, sirviendo, en mi opinión, más como reclamo que otra cosa.

Desperate Graves empieza con una introducción que, prentendidamente o no, suena a los pasajes bucólicos que creaba Genesis en la era de Peter Gabriel, por ejemplo en The Musical Box. Treinta segundos de tranquilidad que dan paso al tema real. El primer pasaje tiene una curiosa estructura ya que, a pesar de que la batería marca un ritmo frenético de cabalcade, la voz va detrás, saltándose compases, creando la una extraña impresión de contrapunto que puede resultar incómoda al principio, mientras las guitarras decoran en segundo plano cada frase con bellos acompañamientos distorsionados. Unos coros con la voz doblada dan a paso a la preparación del estribillo, elevando el tono y dejando las frases en alto. En ese momento, toda la fuerza contenida estalla en una profusión en la que la voz, las guitarras y la batería se unen. La estructura se repite una segunda vez, y la batería va perdiendo protagonismo sutilmente en favor de las guitarras. Es entonces, al final de la segunda repetición, cuando llega el climax. La tonalidad en la que ha transcurrido el tema desemboca en la mayor y el lirismo se hace dueño de la situación. El trabajo vocal se hace menos furioso y todo empieza a caer por su propio peso a fuerza de repitición para terminar en la misma introducción bucólica del principio. Una tema muy equilibrado, que evoluciona casi sin que nos demos cuenta y que gana con cada escucha.

A estas alturas, poco se le puede objetar ya al disco. A Copernicus se llega entregado, abierto de par en par. The Mars Volta regala el único tiempo verdaderamente lento del octaedro. Copernicus es, sobre todo, la voz de Cedrix, una voz llena de sutileza y que, en el estribillo, recuerda a la musica de finales de los setenta.

Para terminar, The Mars Volta apuesta por lo que, en el fondo, es un rock clásico, Luciforms. Detrás de este bellísimo título, se esconde un tema que podría haber convivido perfectamente con los clásicos de Led Zeppelin, The Doors o Jimmy Hendrix. Un tema en el que el protagonista, a pesar del juego que da la voz desgarrada de Cedrix, es la guitarra de Omar, una guitarra que nada tiene que envidiarle a los clásicos anteriormente citados y que gana cada día que pasa. Luciforms es rock épico, es un rock interpretado desde la sabiduría pero también desde la rabia, una rabia contenida que se aprecia mejor en la guitarra y en la batería queen la voz.

En resumen, podríamos decir que el octaedro construído por The Mars Volta no es simétrico. Algunas caras tienen más superficie que otras, destacando, en mi opinión, la dimensión melódica. Personalmente, creo que a eso se refería el grupo al afirmar que iban a hacer un disco acústico. Al igual que los actores cómicos, para los que la tragedia es siempre el santo grial que les convierte en grandes, el lirismo es la prueba de fuego de los grupos de rock. Con Octahedron, The Mars Volta pasa la prueba con nota.

Leonard Cohen – Live in London

In Música on junio 10, 2009 at 23:19
Leonard Cohen - Live in London

Leonard Cohen - Live in London

Esta semana vamos a hacer una excepción en Pezones de Venus dedicándole una reseña de honor a uno de mis creadores de cabecera. Ya sabemos todos que, a medida que uno va creciendo, se va quedando sin ídolos. A mí ya sólo me queda la clave de sol pero, de tenerlos todavía, él sería uno de ellos.

En segundo lugar, es una excepción porque vamos a hablar de la grabación de un concierto. En el caso que nos ocupa, eso quiere decir que se trata de una recopilación de grandes éxitos seleccionados para la ocasión. Es un dilema con mi conciencia, ya que, de entre toda la podredumbre que existe en el mundo discográfico (como en todos los mundos), los discos recopilatorios se llevan la palma. Puede que funcionen para ese tipo de grupos cuyos discos son simplemente una excusa para publicar singles pero, para el resto, son un forma directa y sencilla de rebajar la obra de un artista, mezclando temas que no tienen nada que ver los unos con los otros y que dejan al oyente en un profundo estado  de confusión. En ocasiones, se argumenta que son un medio adecuado para hacer llegar la música de un artista a audiencias que no conocen su existencia, pero no deja de ser una falacia. La mejor manera de acercarse a un autor es darle la mano, acompañándole a lo largo de su trayectoria, empapándose de sus sonidos, de su evolución y de sus ideas. Un recopilatorio es precisamente la antítesis.

Sin embargo, en el caso de Leonard Cohen, puede hacerse una excepción, aunque con muchos reparos. El canadiense es uno de esos contados artistas que ha evolucionado con el tiempo, hasta el punto de que, la que ya hoy se considera como la etapa de oro de su discografía, le llegó cuando ya había caminado un largo trecho musical y a la edad de cincuenta años. Estamos hablando del disco de 1984 Various Positions. En él, Cohen se presentó con una voz completamente distinta, una voz que, desde entonces, sería su marca de fábrica, una voz profunda, grave, casi de bajo, y perfectamente modulada. Musicalmente, sus temas empezaron a estar mucho mejor equilibrados, cambió la guitarra desnuda por los sonidos electrónicos y las orquestaciones se convirtieron en máquinas de relojería donde ninguna pieza podía variar su posición.

Pero Cohen ya había compuesto inolvidables canciones que, todavía hoy, siguen formando una parte importante del núcleo duro de su excelencia creativa. Estos temas, interpretados con su nueva voz, alcanzaron la perfección, convirtiendo las anteriores versiones en ejercicios de arqueología. Sin embargo, sólo pueden ser disfrutados en los discos grabados en conciertos, ya que Cohen (al menos que yo sepa) no ha entrado nunca en un estudio para grabarlos de nuevo.

Por todas estas razones, y porque, en mi opinión, Leonard Cohen ha llevado a la canción de autor anglosajona a su cota más alta (y con él es muy problemático usar el término canción de autor tal y como suele emplearse), los discos de sus conciertos son algo más que recopilatorios y grabaciones en directo.

Leonard Cohen, dentro de una extensa gira, ofrecía el 17 de Junio del 2008 un concierto en Londres que fue grabado para después ser publicado en un doble álbum en el 2009 bajo el título Live in London. El disco contiene muchos de sus grandes temas, desde los más antiguos a los recogidos en su penúltimo álbum, Ten New Songs. Es de destacar la completa ausencia de canciones del último disco, Dear Heather.

Lo primero que hay que decir es que, como no podía ser de otro mundo, los setenta y cinco empiezan a pesarle. Su voz está ya muy desgastada, y su capacidad para interpretar los temas en el ritmo de siempre cada vez está más mermada. En algunos de ellos, como The Future, se nota como canta a contrapunto, forzando las frases, aunque es de alabar su coraje al mantener el ritmo original y hacer él el esfuerzo de adaptarse.

En segundo lugar, sigue tratándose del mismo Cohen de siempre. Como ya hemos dicho antes, el canadiense nunca ha sido amigo de las improvisaciones. Sus letras y su música son el fruto de un largo trabajo (el tiempo entre discos es de varios años) y, una vez terminados, no vuelven a cambiar. Las orquestaciones, las pausas, los detalles, ninguno de ellos varía. Lo único que se permite es abrir los solos a instrumentos nuevos. Este disco no es una excepción. Sus coristas, aunque distintas a sus dos compañeras de las dos últimas décadas, no se mueven de las pautas que ya conocemos.

En tercer lugar, y a modo de anécdota, si uno tiene la oportunidad de ver el concierto en la televisión, puede observar que su actitud hacia el público ha cambiado completamente. Del Cohen adusto, sombrío y más parado que una piedra, hemos pasado a un Cohen que, sin llegar a ser Mick Jagger, sonríe, juega con el público, se arrodilla, gesticula en las canciones e incluso parece pasárselo bien. Probablemente sea sólo de cara a la galería, pero, como soy un fan incondicional suyo, prefiero pensar que la vejez le está sentando muy bien.

Por lo demás, el álbum es una mezcla aparentemente caótica. Que se inicie con la maravillosa Dance Me to the End of Love (un clásico con el que casi siempre empieza) y se pase a continuación a la increíble The Future (I’ve seen the future, brother, it is muder) no sólo es musicalmente una locura, sino filosóficamente surrealista. Pero lo peor es que después se marca una canción sobre el amor, Ain’t No Cure For Love, que termina de rematar el despropósito. Casi da pie a pensar que alguien con un sentido del humor tremendamente pecuilar y sarcástico le ha diseñado la lista de temas. Afortunadamente, después de algunos tumbos en la misma línea, el primer disco termina con Tower of Song, una obra maestra rítmica y melódica, y Suzanne, que es siempre, como todo lo demás, de la clave de sol, pero de la que no vamos a decir nada porque, si lo hiciéramos, podríamos afirmar que es una de las canciones de amor más sublimes de la historia porque, curiosamente, no es una canción de amor exactamente.

El segundo disco se abre con Boogie Street, del disco Ten New Songs. Por primera vez, el paso a Hallelujah (tan comercial y facilona que incluso han llegado a versionarla en Operación Triunfo) es coherente (dos temas a los que podríamos calificar de animados), para seguir con Democracy (ligeramente modificada para que suene cercana al country), la sensual I’m your man (interpretada muy despacio), Take This Waltz (sólo por esta canción podría sentarse a la izquierda del padre), Sisters of Mercy (otro tema talisman que ganó todo con su cambio de voz) o If It be your Will (que te hace tener ganas de ponerte de rodillas y dar gracias a quien haya que darlas por la existencia de la música). A partir de aquí, todos son viejos éxitos, a excepción de Closing Time, del disco The Future (para algunos su mejor disco, del que se han utilizado, además, Anthem, The Future y Democracy).

Como punto especialmente negativo, pondría el que no se haya incluído ningún tema de Dear Heather. No tenemos ninguna versión en directo, y hay temas que merecen ser reivindicados como auténticas joyas, como Go No More A-Roving o, sobre todo, Villanelle for Our Time, aunque tal vez esta es muy dura para cantarla en directo.

En general, creo que Live in London es un disco para aquellos que ya conocen a Leonard Cohen. Es un disco que, musicalmente, no aporta nada nuevo. Da la oportunidad de escucharle en concierto, cerciorarse de que todavía sigue vivo, y poco más. Aquellos que no conozcan a este gigante del arte, deberían olvidarse de este álbum y empezar por el principio (o, al menos, por Various Positions). Y, en caso de querer escuchar un buen concierto en directo de Cohen, intenten conseguir (en youtube hay buenos extractos) el que ofreció en San Sebastián después de sacar I’m your Man. Ahí estaba Cohen en su mejor momento, ese momento en el que ni siquiera le hacía falta moverse para tener al público entregado. Y, sobre todo, en silencio. La mejor demostración de la grandeza de este artista irrepetible la observamos al darnos cuenta de que, en sus conciertos, nadie corea las canciones. A sus conciertos se va a escuchar.