Clave de Sol

Archive for 27 junio 2009|Monthly archive page

The Mars Volta – Octahedron

In Música on junio 27, 2009 at 22:41
The Mars Volta - Octahedron

The Mars Volta - Octahedron

Esta semana vamos a tener, por fin, la oportunidad de hablar de uno de los mejores grupos de rock de la actualidad, un grupo que está construyendo su historia de forma  discreta, sin concesiones comerciales y con un genio inabarcable.

Nos referimos a The Mars Volta, el grupo norteamericano formado en el año 2001 por Omar Rodríguez (el sucesor natural de los grandes guitarristas de los setenta) y Cedrix Bixler-Zavala.

Su música ha sido definida como rock progresivo, y nosotros, que somos devotos de este género, no vamos a llevar la contraria. Sin embargo, en el caso de The Mars Volta, el tópico es más real que nunca: esa etiqueta es una forma de intentar atrapar un estilo inconfundible y un intento de resucitar el verdadero rock, tal y como se le entendía a finales de los sesenta y principios de los setenta, pero enfocándolo de una forma nueva.

Hace apenas unos días, el 22 de junio, se publicaba oficialmente su quinto álbum de estudio, Octahedron. Según sus propios integrantes, el objetivo era hacer su primer disco acústico, aunque, cuando uno lo escucha por primera vez, llega a la conclusión de que le han tomado el pelo a lo grande.

Podríamos describrir el estilo de este grupo y no terminaríamos nunca, pero lo mejor es recorrer los ocho temas del disco y disfrutar en el viaje como niños, que es de lo que, al final, se trara siempre.

Existen muchas formas de abrir un disco, y The Mars Volta elige una de las que más me gustan, romper el silencio inicial poco a poco, con una nota aguda que asciende en volumen durante más de un minuto, progresivamente, hasta desembocar en Since We’ve Been Wrong, primer single en EEUU. Es como tender un puente entre la realidad, llena de ruido caótico, y el disco, en el que el ruido en convierte en música. Y qué mejor manera de abrir la puerta que un arpegio de guitarra. La voz de Cedrix desgrana versos apoyándose en todas y cada una de las vocales, diviendo la introducción en bloques separados por silencios que parecen poder conducir a cualquier parte. Y lo hacen. De repente, una hermosa voz doblada rompe en un estribillo maravilloso que asciende una primera vez quedándose a medias y que desemboca, la segunda, en una explosión romántica en la que la batería te llega al corazón, la voz juega a contrapunto con los coros y las guitarras se liberan para improvisar de fondo. The Mars Volta demuestra que este álbum va a ser diferente, que son capaces de hacer cualquier cosa y hacerla bien, que, si quieren, pueden ser más clásicos que nadie.

En mi opinión, existen dos temas que brillan por su excelencia sobre el altísimo nivel general del álbum. Uno de ellos es la segunda cara del octaedro, Teflon. En él, se cruzan y entrecruzan a la perfección los tres elementos esenciales sobre los que están construídos todos los temas de The Mars Volta, la voz versátil y casi en falsete de Cedrix, la guitarra estratosférica de Omar y un batería que siempre es algo más que un mero acompañamiento. Teflon, un tiempo medio, evoluciona con elegancia sobre las distorsiones y los juegos sonoros de las guitarras, verdaderos ejercicios de estilo que muestran infinitas variaciones y detalles. Los solos vocales, que suben y bajan de escala, están perfectamente engarzados con los coros. Una verdadera maravilla.

En Halo of Nembutals, The Mars Volta utiliza, en la introducción, sonidos industriales y distorsiones de cuerdas para crear sensación de profundidad y un clima oscuro. La voz de Cedrix refuerza la atmósfera inquietante. Entonces, un break de batería y el despertar de la guitarra cambian el tono sirviendo de apoyo a una frase repetitiva. La introducción inicial vuelve a repetirse, pero esta vez en clave acústica, más plana, más inmediata. A partir de ahí, la estructura se repite una y otra vez de forma más furiosa, más desesperada, como si uno estuviera sumergiéndose en un abismo y cayera cada vez a más velocidad. Los últimos compases son realmente desatados. Un tema poderoso que, en mi opinión, no logra encontrar el equilibrio ni liberarse completamente. Un tema que se queda a medias.

El segundo momento cumbre del disco, en mi opinión, es With Twilight as My Guide, que también es el momento de la clave de sol. En cierto modo, es la otra cara de Teflon. La batería ha desaparecido completamente, y las guitarras crean una atmósfera crepuscular a base de escalas descendentes, sonidos amortiguados y juegos entrecruzados. La voz de Cedrix realiza el mejor trabajo de todo el álbum y consigue, probablemente, el lirismo más
emocional de toda la carrera del grupo. Un grupo que es capaz de hacer dos temas tan distintos y alcanzar en cada uno de ellos la perfección, es capaz ya de hacer cualquier cosa. Una canción para escuchar después de hacer el amor y sentir la vida pasar mientras la persona a la que amas te abraza.

Cotopaxi es el verdadero subidón de adrenalia del disco, un tema que recuerda más que ninguno el tono de los anteriores álbumes de The Mars Volta y que ha servido de primer single en Europa. Si dura apenas tres minutos, entiendo que es debido a que el grupo no ha querido cargar mucho las tintas para no perder el espíritu sosegado y acústico que prentedían en Octahedron. En cualquier caso, tampoco me parece una de sus mejores
composiciones, sirviendo, en mi opinión, más como reclamo que otra cosa.

Desperate Graves empieza con una introducción que, prentendidamente o no, suena a los pasajes bucólicos que creaba Genesis en la era de Peter Gabriel, por ejemplo en The Musical Box. Treinta segundos de tranquilidad que dan paso al tema real. El primer pasaje tiene una curiosa estructura ya que, a pesar de que la batería marca un ritmo frenético de cabalcade, la voz va detrás, saltándose compases, creando la una extraña impresión de contrapunto que puede resultar incómoda al principio, mientras las guitarras decoran en segundo plano cada frase con bellos acompañamientos distorsionados. Unos coros con la voz doblada dan a paso a la preparación del estribillo, elevando el tono y dejando las frases en alto. En ese momento, toda la fuerza contenida estalla en una profusión en la que la voz, las guitarras y la batería se unen. La estructura se repite una segunda vez, y la batería va perdiendo protagonismo sutilmente en favor de las guitarras. Es entonces, al final de la segunda repetición, cuando llega el climax. La tonalidad en la que ha transcurrido el tema desemboca en la mayor y el lirismo se hace dueño de la situación. El trabajo vocal se hace menos furioso y todo empieza a caer por su propio peso a fuerza de repitición para terminar en la misma introducción bucólica del principio. Una tema muy equilibrado, que evoluciona casi sin que nos demos cuenta y que gana con cada escucha.

A estas alturas, poco se le puede objetar ya al disco. A Copernicus se llega entregado, abierto de par en par. The Mars Volta regala el único tiempo verdaderamente lento del octaedro. Copernicus es, sobre todo, la voz de Cedrix, una voz llena de sutileza y que, en el estribillo, recuerda a la musica de finales de los setenta.

Para terminar, The Mars Volta apuesta por lo que, en el fondo, es un rock clásico, Luciforms. Detrás de este bellísimo título, se esconde un tema que podría haber convivido perfectamente con los clásicos de Led Zeppelin, The Doors o Jimmy Hendrix. Un tema en el que el protagonista, a pesar del juego que da la voz desgarrada de Cedrix, es la guitarra de Omar, una guitarra que nada tiene que envidiarle a los clásicos anteriormente citados y que gana cada día que pasa. Luciforms es rock épico, es un rock interpretado desde la sabiduría pero también desde la rabia, una rabia contenida que se aprecia mejor en la guitarra y en la batería queen la voz.

En resumen, podríamos decir que el octaedro construído por The Mars Volta no es simétrico. Algunas caras tienen más superficie que otras, destacando, en mi opinión, la dimensión melódica. Personalmente, creo que a eso se refería el grupo al afirmar que iban a hacer un disco acústico. Al igual que los actores cómicos, para los que la tragedia es siempre el santo grial que les convierte en grandes, el lirismo es la prueba de fuego de los grupos de rock. Con Octahedron, The Mars Volta pasa la prueba con nota.

Anuncios

Leonard Cohen – Live in London

In Música on junio 10, 2009 at 23:19
Leonard Cohen - Live in London

Leonard Cohen - Live in London

Esta semana vamos a hacer una excepción en Pezones de Venus dedicándole una reseña de honor a uno de mis creadores de cabecera. Ya sabemos todos que, a medida que uno va creciendo, se va quedando sin ídolos. A mí ya sólo me queda la clave de sol pero, de tenerlos todavía, él sería uno de ellos.

En segundo lugar, es una excepción porque vamos a hablar de la grabación de un concierto. En el caso que nos ocupa, eso quiere decir que se trata de una recopilación de grandes éxitos seleccionados para la ocasión. Es un dilema con mi conciencia, ya que, de entre toda la podredumbre que existe en el mundo discográfico (como en todos los mundos), los discos recopilatorios se llevan la palma. Puede que funcionen para ese tipo de grupos cuyos discos son simplemente una excusa para publicar singles pero, para el resto, son un forma directa y sencilla de rebajar la obra de un artista, mezclando temas que no tienen nada que ver los unos con los otros y que dejan al oyente en un profundo estado  de confusión. En ocasiones, se argumenta que son un medio adecuado para hacer llegar la música de un artista a audiencias que no conocen su existencia, pero no deja de ser una falacia. La mejor manera de acercarse a un autor es darle la mano, acompañándole a lo largo de su trayectoria, empapándose de sus sonidos, de su evolución y de sus ideas. Un recopilatorio es precisamente la antítesis.

Sin embargo, en el caso de Leonard Cohen, puede hacerse una excepción, aunque con muchos reparos. El canadiense es uno de esos contados artistas que ha evolucionado con el tiempo, hasta el punto de que, la que ya hoy se considera como la etapa de oro de su discografía, le llegó cuando ya había caminado un largo trecho musical y a la edad de cincuenta años. Estamos hablando del disco de 1984 Various Positions. En él, Cohen se presentó con una voz completamente distinta, una voz que, desde entonces, sería su marca de fábrica, una voz profunda, grave, casi de bajo, y perfectamente modulada. Musicalmente, sus temas empezaron a estar mucho mejor equilibrados, cambió la guitarra desnuda por los sonidos electrónicos y las orquestaciones se convirtieron en máquinas de relojería donde ninguna pieza podía variar su posición.

Pero Cohen ya había compuesto inolvidables canciones que, todavía hoy, siguen formando una parte importante del núcleo duro de su excelencia creativa. Estos temas, interpretados con su nueva voz, alcanzaron la perfección, convirtiendo las anteriores versiones en ejercicios de arqueología. Sin embargo, sólo pueden ser disfrutados en los discos grabados en conciertos, ya que Cohen (al menos que yo sepa) no ha entrado nunca en un estudio para grabarlos de nuevo.

Por todas estas razones, y porque, en mi opinión, Leonard Cohen ha llevado a la canción de autor anglosajona a su cota más alta (y con él es muy problemático usar el término canción de autor tal y como suele emplearse), los discos de sus conciertos son algo más que recopilatorios y grabaciones en directo.

Leonard Cohen, dentro de una extensa gira, ofrecía el 17 de Junio del 2008 un concierto en Londres que fue grabado para después ser publicado en un doble álbum en el 2009 bajo el título Live in London. El disco contiene muchos de sus grandes temas, desde los más antiguos a los recogidos en su penúltimo álbum, Ten New Songs. Es de destacar la completa ausencia de canciones del último disco, Dear Heather.

Lo primero que hay que decir es que, como no podía ser de otro mundo, los setenta y cinco empiezan a pesarle. Su voz está ya muy desgastada, y su capacidad para interpretar los temas en el ritmo de siempre cada vez está más mermada. En algunos de ellos, como The Future, se nota como canta a contrapunto, forzando las frases, aunque es de alabar su coraje al mantener el ritmo original y hacer él el esfuerzo de adaptarse.

En segundo lugar, sigue tratándose del mismo Cohen de siempre. Como ya hemos dicho antes, el canadiense nunca ha sido amigo de las improvisaciones. Sus letras y su música son el fruto de un largo trabajo (el tiempo entre discos es de varios años) y, una vez terminados, no vuelven a cambiar. Las orquestaciones, las pausas, los detalles, ninguno de ellos varía. Lo único que se permite es abrir los solos a instrumentos nuevos. Este disco no es una excepción. Sus coristas, aunque distintas a sus dos compañeras de las dos últimas décadas, no se mueven de las pautas que ya conocemos.

En tercer lugar, y a modo de anécdota, si uno tiene la oportunidad de ver el concierto en la televisión, puede observar que su actitud hacia el público ha cambiado completamente. Del Cohen adusto, sombrío y más parado que una piedra, hemos pasado a un Cohen que, sin llegar a ser Mick Jagger, sonríe, juega con el público, se arrodilla, gesticula en las canciones e incluso parece pasárselo bien. Probablemente sea sólo de cara a la galería, pero, como soy un fan incondicional suyo, prefiero pensar que la vejez le está sentando muy bien.

Por lo demás, el álbum es una mezcla aparentemente caótica. Que se inicie con la maravillosa Dance Me to the End of Love (un clásico con el que casi siempre empieza) y se pase a continuación a la increíble The Future (I’ve seen the future, brother, it is muder) no sólo es musicalmente una locura, sino filosóficamente surrealista. Pero lo peor es que después se marca una canción sobre el amor, Ain’t No Cure For Love, que termina de rematar el despropósito. Casi da pie a pensar que alguien con un sentido del humor tremendamente pecuilar y sarcástico le ha diseñado la lista de temas. Afortunadamente, después de algunos tumbos en la misma línea, el primer disco termina con Tower of Song, una obra maestra rítmica y melódica, y Suzanne, que es siempre, como todo lo demás, de la clave de sol, pero de la que no vamos a decir nada porque, si lo hiciéramos, podríamos afirmar que es una de las canciones de amor más sublimes de la historia porque, curiosamente, no es una canción de amor exactamente.

El segundo disco se abre con Boogie Street, del disco Ten New Songs. Por primera vez, el paso a Hallelujah (tan comercial y facilona que incluso han llegado a versionarla en Operación Triunfo) es coherente (dos temas a los que podríamos calificar de animados), para seguir con Democracy (ligeramente modificada para que suene cercana al country), la sensual I’m your man (interpretada muy despacio), Take This Waltz (sólo por esta canción podría sentarse a la izquierda del padre), Sisters of Mercy (otro tema talisman que ganó todo con su cambio de voz) o If It be your Will (que te hace tener ganas de ponerte de rodillas y dar gracias a quien haya que darlas por la existencia de la música). A partir de aquí, todos son viejos éxitos, a excepción de Closing Time, del disco The Future (para algunos su mejor disco, del que se han utilizado, además, Anthem, The Future y Democracy).

Como punto especialmente negativo, pondría el que no se haya incluído ningún tema de Dear Heather. No tenemos ninguna versión en directo, y hay temas que merecen ser reivindicados como auténticas joyas, como Go No More A-Roving o, sobre todo, Villanelle for Our Time, aunque tal vez esta es muy dura para cantarla en directo.

En general, creo que Live in London es un disco para aquellos que ya conocen a Leonard Cohen. Es un disco que, musicalmente, no aporta nada nuevo. Da la oportunidad de escucharle en concierto, cerciorarse de que todavía sigue vivo, y poco más. Aquellos que no conozcan a este gigante del arte, deberían olvidarse de este álbum y empezar por el principio (o, al menos, por Various Positions). Y, en caso de querer escuchar un buen concierto en directo de Cohen, intenten conseguir (en youtube hay buenos extractos) el que ofreció en San Sebastián después de sacar I’m your Man. Ahí estaba Cohen en su mejor momento, ese momento en el que ni siquiera le hacía falta moverse para tener al público entregado. Y, sobre todo, en silencio. La mejor demostración de la grandeza de este artista irrepetible la observamos al darnos cuenta de que, en sus conciertos, nadie corea las canciones. A sus conciertos se va a escuchar.

Hooverphonic – The President of the LSD Golf Club

In Música on junio 5, 2009 at 08:10
Hooverphonic - The President of the LSD Golf Club

Hooverphonic - The President of the LSD Golf Club

Desde que el rock entró en crisis a finales de los años setenta, agotada la fase clásica del rock progresivo y de las grandes bandas de los sesenta, agotada su capacidad de innovación, encerrada en fórmulas gastadas y sin aparente capacidad de renovación, la música electrónica tomó el relevo poco a poco, convirtiéndose en el verdadero motor revolucionaro que impulsó a la música hacia una nueva dimensión que el rock, extenuado, ya no era capaz de encontrar.

Ha llovido mucho desde entonces y la música electrónica es ya el gran género de nuestros días. Los pocos grupos que intentan crear todavía un rock nuevo, que intentan buscar fórmulas nuevas capaces de resucitarlo, lo hacen recurriendo a sonidos y bases electrónicas, como el caso de los inigualables Radiohead. La música electrónica, a pesar del paisaje que la rodea, es la única que abre sendas todavía no exploradas, la que mantiene el potencial de dinamitar los sonidos conocidos e impulsarlos hacia el futuro.

Hace unos meses reseñábamos el impresionante último disco de los británicos Portishead, grupo que renació de sus cenizas apartándose del sonido que les hizo famosos, el Trip Hop. Hoy nos ocupamos de otro de los grupos que hizo grande este subgénero típicamente europeo en la década de los noventa, Hooverphonic. Después de una carrera que había abarcado una década desde su primer álbum de 1996, los belgas publlicaban en septiembre del 2007 , un título que ya presagia el espíritu que del disco y que viene acompañado de una portada ciertamente sugerente, con tigres, montañas rusas y astronautas avanzando al unísono hacia nosotros.

Al contrario de Portishead, que supieron saltarse la etapa de la experimentación (o se la guardaron en su casa, nadie lo sabe) para crear una obra coherente y completamente nueva, ajena al Trip Hop, Hooverphonic mostraba ante el público sus tentativas de encontrar un nuevo lugar bajo el sol. The President of the LSD Golf Club es un disco heterodoxo que contiene muchos estilos, ritmos y orquestaciones. A veces puede llegar a despistar, ya que cambia radicalmente de un tema a otro. El resultado, después de haberlo escuchado varias veces, no llega a ser enteramente satisfactorio: se nota demasiado la inseguridad y la confusión en algunos pasajes. Sin embargo, es un ejercicio de búsqueda personal notable en el que podemos encontrar verdaderas maravillas.

El tema se abre con los potentes acordes de teclado de Stranger, la voz lejana pero segura de Geike Arnaert y los arpegios rítmicos de Alex Callier. Es una canción con un tono cercano al último disco de Goldfrapp, Seventh Tree, una canción desinhibida a medio camino entre el piano-rock y el ambient, una canción propia de un grupo al que le faltan todavía muchos cartuchos que quemar.

La calidad asciende con 50 Watt, un tema en la que los teclados se hacen más presentes, las guitarras distorsionan, la batería pasa a primer plano y la voz de Geike cambia para hacerse más grave y acercarse al speak voice. Sin alejarse de un evidente perfume comercial, presente en todo el disco (no nos engañemos ni por un instante, Hooverphonic no son y nunca serán Portishead), 50 Watt introduce sonoridades muy interesantes y complejas que convierten el tema en uno de los más sutiles y trabajados del disco. Excelente.

Con Expedition Impossible, Hooverphonic da un puñetazo en la mesa y toca la trompeta para atraer a todos. El que fuera el primer single del disco, empieza con un ritmo marcial de batería para ser relevado por una guitarra que coge un ritmo rockero con muchas ganas. La melodía está estructurada en servicio de un estribillo que se construye poco a poco, añadiendo tensión con la voz de Geike. Lo más interesante de todo es que, cuando llega, nos encontramos con un estribillo instrumental con una fuerza tremenda. Un single incontestable y, a pesar de eso, con calidad y buen hacer. No se puede pedir más.

Circles fue el tercer single del disco (febrero del 2008) y cambió significativamente el espíritu de los dos primeros. El primer minuto nos recuerda, vocal e instrumentalmente, el estilo pausado, manierista y emocionalmente contenido de Björk. El sonido sombrío y apesadumbrado de este pasaje, construído sobre la frase “move on”, deja paso a una coda más expansiva que desarrolla la melodía de forma más generosa. Un tema notable que habría podido aspirar a un sobresaliente si se hubiera profundizado en el primer pasaje en lugar de caer en el lado oscuro de lo inmediato.

El octubre del 2007, Hooverphonic presentaba como segundo single el quinto tema del disco, Gentle Storm, una canción en la onda del primer single pero mucho más cercana al pop, mucho más digerible e inmediata, construída con un ritmo de batería facilón pero siempre efectivo y una estructura que empieza en alto para buscar la dominante, momento de mayor emotividad del tema. El que Hooverphonic pudiera presentar Gentle Storm como segundo single demuestra una buena forma envidiable.

The Eclipse Song cambia de nuevo el rumbo con unos teclados que suenan a clavicordio y un aire desesnfadado que, sin embargo, no creo que llegue a ningún sitio. En mi opinión, aunque es agradable y resultón, es el único tema soso del disco, el único que no parece llegar a ningún sitio interesante.

Billie, en cambio, es un tema tranquilo que introduce la nota de elegancia en el álbum, una elegancia que se traduce en que Hooverphonic se toma su tiempo para desgranar, sin prisas, un ritmo pausado en el que los teclados vuelven a servir como plataforma parea el juego vocal de Geike.

Con Black Marble Tiles nos encontramos con otro de los temas más experimentales, pensados y trabajados del disco. Comienza con la voz de Geike en sordina y apagada, apenas acompañada orquestalmente, sumida en el pozo melódico de un tono menor que intenta buscar desesperadamente un tono mayor donde expulsar sus emociones. El pasaje vuelve a repetirsea a partir del minuto y medio, pero con la voz en claro, el acompañamiento de la guitarra y la batería marcando el ritmo. Es como asistir a la depuración paulatina de un sonido turbio y lleno de contaminación en el que, poco a poco, descubrimos una joya lírica. Al llegar al tercer minuto asistimos a la tercera repetición, en la que se llega a la perfección, a la estabilidad del tema. Un tema muy interesante y hermoso.

Strictly Out of Phase está muy próximo a Billie pero, sobre todo, a los temas de la música disco de los años setenta, a ese bello sonido psicodélico y atmosférico.

Para cerrar el disco, Hooverphonic presenta Bohemian Laughter, otro tema en el que experimentan para intentar encontrar un lugar de unión, un cruce entre el rock de los noventa y la música electrónica, entre unos ritmos que casi se acercan al grunge y delicadas atmósferas etéreas. Terminar el álbum de esta manera demuestra, desde luego, mucho valor, y salen muy airosos.

En general, podríamos decir que The President of the LSD Golf Club es un disco que es al mismo tiempo comercial y experimental: comercial porque no hay una sola canción que no se pueda disfrutar desde la primera escucha; experimental porque intenta géneros y estilos muy distintos sin acomodarse en ninguno.

Official Hooverphonic WebSite

Hooverphonic in MySpace

Beach House – Devotion

In Música on junio 1, 2009 at 08:43
Beach House - Devotion

Beach House - Devotion

No sé por qué extraña razón, las canciones lentas, pausadas, compuestas por grupos de pop-rock suelen calificarse, en un intento de hacer poesía, de canciones para días de lluvia.

Digo esto porque ya me he encontrado este adjetivo en muchas ocasiones y siempre me ha provocado risa. En primer lugar porque nunca me han gustado los lugares comunes, segundo porque es el típico recurso de quien no sabe expresar en palabras propias lo que siente con una canción en concreto y, en tercer lugar, ¿es que todas esas personas sienten lo mismo cuando llueve? Sé que no soy el único al que le entran ganas de vez en cuando de salir y dar saltos como Gene Kelly, por poner un ejemplo. ¿Por qué hay tanta gente que piensa en la lluvia cuando escucha una canción melancólica? ¿Por qué no en la nieve, en el granizo o en la niebla? ¿Está detrás de todo esto el Instituto Meteorológico?

De todas formas, creo que, como ya he dicho varias veces,  existe una sensibilidad muy desarrollada para los temas movidos, con ritmo, y muy poca para el resto (en este caso, entiéndase sensibilidad como la capacidad para distinguir y valorar matices). Es posible que sea por los géneros que forman parte de la educación musical general.

El caso que nos ocupa esta semana podría asimilarse al de Elle Belga, de los que hablamos la semana pasada. Devotion, segundo disco del grupo de Baltimore Beach House, publicado el 26 de Febrero del 2008, también es un ejercicio de sutileza, de caminar por esa fina línea en la que están confinadas la melancolía, la nostalgia o la lentitud, de saber encontrar, en ese estrecho territorio, diferencias, grados distintos que hagan vibrar emociones distintas.

Las dos armas fundamentales que utilizan sus dos integrantes, Alex Scally y Victoria Legrand (otro nombre de esos que te obliga a ser algo en la vida) son el órgano (tocado por ella) y las voces. Dicho así, casi podríamos pensar que son ideales para tocar en una iglesia.

Valga como muestra Wedding Bell, el tema que abre el disco, y que quede claro que no he hecho la comparación anterior a propósito. Efectivamente, haciendo honor al título, es una canción que transmite alegría. Los elementos que hemos comentado están ahí. Nadie puede darse por engañado si sigue escuchando el disco. Tal vez este tema, mejor que ningún otro, permita entender la idea que tiene Beach House del dream-pop, el estilo donde se les ha clasificado. En cierto modo, es otro ejemplo de comienzo en falso ya que, aunque el sonido es representativo, no lo es el espíritu, el tono, esa alegría de la que hablábamos.

El órgano se encarga de demostrarlo en las primeras frases de Came to Me, una melodía en tono menor que pasa de la melancolía a una especie de calma celestial a través de un elegante puente coral. Un tema precioso que destaca por su evolución interna.

De haber in single en este disco (cosa bastante discutible), sin duda sería Gila, una canción que brilla enseguida entre las demás por dos razones: en primer lugar porque la guitarra de Scally, al contrario que en el resto del disco, pasa a primer plano con fuerza contenida, la segunda porque tiene una melodía concreta, definida, que no se va por las ramas, que no se transforma, es decir, que se repite una y otra vez, haciendo muy fácil su asimilación.

Turtle Island es un diálogo interesante entre la voz, el órgano y la batería, que cobra un insutiado protagonismo a pesar de permanecer por detrás. No es exactamente melancolía lo que transmite esta canción, sino más bien desasosiego. Existe un desequilibrio entre el estribillo y el cuerpo que le da paso que impide que uno se sienta a gusto completamente.

Un arpegio de guitarra da la bienvenida a Holy Dances, un tema que transmite relajación y en el que el órgano vuelve a pasar a segundo plano. Las panderetas toman el relevo poco a poco y las voces se convierten en un coro perfecto construyendo un tono barroco presente siempre en el dream pop.

All the Years es un tema que empieza en alto, contiene una de las evoluciones melódicas más sugerentes del álbum y en uno estribillo bellísimo que, sin embargo, no está demasiado desarrollado para no quedar demasiado evidente.

Heart of Chambers es, probablemente, junto con Gila, el tema con más  fuerza del disco. Por primera y única vez, Beach House se ponen épicos y componen un tema que, a su manera, parece influído por los grandes temas de los años setenta. La guitarra vuelve a cobrar protagonismo en una atmósfera con grandes pretensiones  que no se ven defraudadas. Uno de los momentos álgidos del disco.

Some Things Last a Long Time empieza con lo que Aute llamaría sonido de alas como balas. Este tema transmite una tristeza extraña. El arpegio de la guitarra y las voces se entremazclan con una batería intentando adueñarse de la situación. Una canción que, por momentos, recuerda al folk norteamericano.

Además de darle la oportunidad al órgano de Victoria de demostrar toda su amplitud, Astronaut tiene el honor de contar con los coros más bellos de todo el disco, unos coros que explotan hacia el final del tema después de una cuidada preparación. No existe en todo el disco de Beach House un empeño tan meticuloso en mantener la tensión durante tanto tiempo para dejarla estallar poco a poco y provocar una intensa emoción. bellísima.

El ritmo y la estructura de D.A.R.L.I.N.G. la convierte en todo un clásico, una canción con aroma a las baladas de los años cincuenta y en el que el órgano de Victoria y la guitarra de Scally trabajan compenetrados. Es interesante cómo está pensado el acompañamiento, sostenido por el órgano y dejando a la guitarra redondear las frases.

Para terminar con buen sabor, Home Again nos regala una especie de villancico que con varios pasajes y en el que las panderetas vuelven a cobrar protagonismo.

Resumiendo, podríamos decir que Devotion, el segundo disco de Beach House, es una obra que permite ser escuchada de dos formas distintas. La primera es dejarse llevar por su propuesta y disfrutar de una atmósfera barroca, sosegada y extremadamente lírica que provoca intensas y variadas emociones. La segunda es profundizar algo más y descubrir que esas emociones se consiguen en virtud de una sofisticada arquitectura, donde el órgano, la guitarra y la percusión se organizan de una canción a otra en combinaciones distintas y orginales.

Beach House in MySpace

Official WebSite