Clave de Sol

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The Dear Hunter – Act III: Life and Death

In Música on julio 16, 2009 at 08:55
The Dear Hunter - Act III: Life and Death

The Dear Hunter - Act III: Life and Death

Hacía tiempo que no esperaba con tanta ilusión un disco. Tendría que retroceder mucho tiempo, a 1992, el año en que salió Silvio, el magnífico disco que publicó Silvio Rodríguez después de la sequía que siguió a Oh, Melancolía.

Había marcado en el calendario el 23 de Junio como el día señalado para la publicación de Act III – Life and Death, la tercera parte de la obra compuesta por Casey Crescenzo con su grupo The Dear Hunter, una banda que, siguiendo las tradiciones del rock progresivo, es cada vez más inestable y susceptible de entradas y salidas.

Ya hemos hablado en Pezones de Venus de las dos entregas anteriores, la sorprendente primera parte, Act I: The Lake South, The River North, y la segunda, Act II: The Meaning of, & All Things Regarding Ms. Leading, que sirvió para confirmar que la anterior no había sido mera casualidad.

La portada de esta tercera entrega vuelve a presentarnos el árbol, símbolo de toda la serie, esta vez con más similitud que nunca a la mítica zarza ardiendo, con un diseño más estilizado, más sintético y, en mi opinión, más elegante. En realidad, estos adjetivos pueden aplicarse a la música que contiene ya que, aunque no existen grandes cambios en cuanto a las fórmulas musicales, sí hay algunas variaciones dignas de mención y que no pasarán inadvertidas a aquellos que hayan disfrutado de las dos primeras entregas.

Lo primero que llama la atención en Life and Death es la duración de las canciones. No encontramos ninguna cuya duración vaya más allá de los 6 minutos. No hemos visto, en las dos entregas, temas de una duración excesiva, pero en este tercer acto, parece existir una determinación clara en ese sentido. De hecho, la duración total del disco es mucho menor a la del segundo acto, que supuso un auténtico tour de force.

Esto se refleja también en la estructura de los temas. Life and Death es, probablemente, el menos progresivo de los tres actos. Podríamos incluso decir que, tomado de forma aislada, se trata, siendo ortodoxos, de un disco rock, con todos los adjetivos que uno quiera, pero rock por encima de todo. Los temas están hechos de una pieza, la dimensión sinfónica ha desaparecido casi por completo en beneficio de la sintetización y de la fuerza rítimica. Este último aspecto puede que sea el que mejor define el disco. Life and Death es un disco poderoso, con una fuerza tremenda, un disco en el que existen verdaderos himnos rock que no tienen nada que envidiar a los de los grupos consagrados. Como ya hemos comentado en referencia a otros discos, es inimaginable lo que un productor con visión podría hacer con este disco si quisiera promocionarlo entre el gran público. En mi opinión, tendría el éxito asegurado.

The Dear Hunter sigue haciendo gala, igual que en las dos anteriores entregas, de su facilidad para los ritmos y las orquestaciones. No existen grandes cambios en esta tercera parte. Si acaso, puede observarse cómo a Casey parece haberle gustado el resultado que dieron algunos temas del segundo acto, como The Oracles on the Delphi Express, y ha explotado ese ritmo binario, marcado y subrayado hasta la extenuación, con resultados tan excelentes que casi podríamos atribuirle la creación de un nuevo subgénero musical, el de swing rock.

Pero, como siempre, lo mejor es darnos un paseo por cada uno de los temas y ver de lo que estamos hablando de verdad.

Como ya deberíamos intuir, Life and Death se abre con un tema coral (al estilo del Battesimo Del Fuoco del primer acto). La línea melódica va por un camino muy parecido. El valor nuevo que aporta Writing on a Wall es que incluye un hermoso acompañamiento de piano y que está construído en crescendo, un crescendo en el que se va marcando la profundidad de las voces y el lirismo de los coros. Es un buen ejemplo de lo que nos depara este disco. Writing on a Wall es un coro a capella en toda regla que ha sido dulcificado. Con eso no se renuncia a la filosofía de la saga, pero se asusta menos al personal, se hace más digerible, otro adjetivo que le pega mucho a este disco, el más accesible de los tres con muchas diferencia. De hecho, existe una versión de este mismo tema, incluida como extra, e interpretada a capella (Writing on a Wall a capella).

Al igual que en el primer acto, el coro de introducción es seguido de una descarga de adrenalina (en aquel caso, era City Espape). Ésa es la función de  In Cauda Venenum, un tema de cuatro minutos que no tiene tanta fuerza como aquel, que es mucho más lírico (con armonías de las llamadas orientales, con cadencias en tonos menores) pero que tiene una introducción apoteósica (en el que la batería y las guitarras se preguntan y responden en una conversación violenta) que se repite intermitentemente a lo largo de la canción. La consecución de estos dos primeros temas se convierte, de este modo, en una marca de fábrica de The Dear Hunter.

Una vez situados en el mapa, Casey se deja de fuegos artificiales y empieza a repartir magia. What It Means to be Alone, además de poseer un título bellísimo, es puro The Deart Hunter, contiene el sonido que ha hecho única a esta saga y es el primer gran tema del álbum, aunque no lo parezca a simple vista. Y no lo parece porque es una de esas canciones que están hechas para ir de menos a más, que empiezan de forma amable para ir creciendo sin que nos demos cuenta. Los versos iniciales, Oh, you were born with the sun, son amables y sugerentes (con esos arpegios circulares de los teclados). Con Prayers from above las cosas empiezan a tomar un aire diferente, de transición hacia otra cosa que se concreta con la guitarra chorreando rock al final de la frase Now the only one you have is you (un manifiesto perfecto que define lo que significa la soledad, que no es otra cosa que la sensación que uno tiene, en ocasiones, de no poder contar más que consigo mismo, con nadie más). La sucesión se repite con variaciones cada vez más intrincadas hasta que, sin preveerlo, Casey nos ha llevado a un rock de tintes épicos, el que desata con Don’t turn away! Es un pasaje que apenas dura veinte segundos, pero es suficiente para dejarnos con los nervios temblando y el corazón en un puño, seguramente debido a su escasa duración. Es entonces cuando, al mirar hacia atrás, a aquel verso que parecía tan ingenuo (Oh, you were born with the sun), descubrimos que Casey ha jugado con nuestras emociones como ha querido. Y nosotros le damos las gracias por ello.

Sin conceder el menor respiro, The Dear Hunter sube el listón y encadena una canción aun mejor, The Tank, la única del álbum que no tiene una estructura sencilla. The Tank es un juego entre dos temas que se mezclan y luchan entre ellos. El primero, Eight wheels lusting for the lives of infantry, es un tema muy rítmico en el que la batería marca con violencia los tiempos fuertes del compás binarios, las cuerdas sirven de acompañamiento y unos coros graves llenan los silencios de Casey (y al que le podríamos encontrar similitudes hasta con Tom Waits). El segundo, You’ve stained your skin, es un tema completamente lírico, romántico, que cambia el compás a un ritmo ternario y en el que los coros se dulcifican ascendiendo de escala. El tema empieza con Eight Wheels, al que sucede al cabo de un minuto You’ve stained your skin. Cuarenta segundos dura el ataque lírico, que es sustituído de nuevo, con fuerzas renovadas, por Eight Wheels. Treinta segundos después, You’ve stained your skin reaparece habiendo adquirido parte de la fuerza de Eight Wheels. Un interludio relaja la lucha para servir a la catársis final, en el que el tema lírico acaba predominando pero con la rabia del rítimico, una victoria llena de desesperación. No se puede pedir más en poco más de cuatro minutos.

The Poison Woman es un tema en el que el ritmo lo es todo. Un compás binario en el los tiempos fuertes marca el camino a la voz de Casey y a todos los instrumentos. Es un tiempo medio que va acelerándose, enriqueciéndose con las aportaciones orquestales (sobre todo en el pasaje she swears she’s offering you something savory). A las dos primeras repiticiones del tema principal le sucede la sublimación de lo anterior en she had her supersitions para terminar el tema sustituyendo ligeramente el concepto rítmico por uno más grandioso y rockero, el que se desgrana en With the weight of the world on her shoulders.

The Thief es, en mi opinión, el corte más curioso del álbum. Se aparta completamente del sonido general del disco, del concepto sonoro de Life and Death (y casi podríamos incluir también las dos anteriores entregas). Se trata de un tema con acompañamientos psicodélicos a la guitarra que apenas pueden ocultar la fuente en que está inspirado, que no es otra que Radiohead. Algunos pasajes podrían ser interpretados perfectamente por Tom Yorke, sobre todo los construídos en base a la frase I’ve got the time tonight. The Thief es un tema que puede despistar al principio pero que, escuchado de forma aislada, revela su majestuosidad y su maestría.

Mustard Gas está cercano a In Cauda Venenum y es, probablemente, el que más nos recuerda al Casey de The Receiving End of the Sirens. Está, sin embargo, mucho mejor construído (con juegos entre los coros y los instrumentos para alcanzar las escalas menores, por ejemplo), con más convicción y eficacia, con giros que lo acercan a un rock amable (sobre todo en el pasaje montado sobre los coros de From the other side) y un ejercicio de postproducción muy cuidado.

Saved es una canción lenta y cariñosa tocada a piano y guitarra en la que Casey juega con los coros y la percusión. El resultado es eficaz, aunque no logra alcanzar la excelencia de la que, para mí, por el momento, es la gran balada de este saga, la hermosísima His Hands Matched His Tongue del primer acto.

He Said He Had a Story es, en mi opinión, el mejor tema de todo el álbum, el momento de la clave de sol. La estructura es muy parecida a la de The Tank, pero, en esta ocasión, la inspiración lo convierte en algo genial. La canción empieza con el tema There was a silver circle sign, construído en base a la voz de Casey, una batería convencional y una guitarra feliz de estar en segundo plano. Al llegar al primer minuto, el lirismo detiene prácticamente la canción e introduce el tema Please be soft and sweet to me, this life has not been good.  No dura más que veinte segundos, y el tema incial vuelve a retomarse con más urgencia. Las cosas empiezan a precipitarse. El tema lírico hace de nuevo acto de presencia, pero, esta vez , además de presentar la voz de Casey en sordina, le añade un toque de incertidumbre gracias a los acordes inquietantes del piano y a los platillos de la batería. El resultado es de expectación. Casey está preparando el terreno, está añadiendo madera al polvorín y está empezando a encender la llama sin que casi nos demos cuenta. Y, entonces, de pronto, estalla en la frase I will only take from you, and use it up, una frase que pone los pelos de punta, que repite and use it up una segunda vez dejando la melodía en alto para concluir con la rabia de What was her name?. Y no hemos terminado. Una guitarra distorsionada relaja los ánimos durante unos segundos, pero por poco tiempo. Los teclados, la bateria, empiezan a anunciar el climax final y, al igual que un cohete es disparado al cielo para que estalle en fuegos artificiales, una nota aguda asciende y abre la caja de los truenos, revisando con rabia el pasaje Break and bind yourself to me y casi repitiendo a voz en grito la frase What was her name?. No hay más que decir, Casey nos ha dejado sin palabras.

Después de esta maravilla, Casey, consciente, tal vez, de la dificultad de superarse, rebaja sus expectativas.  This Beautiful Life es una canción interesante y resultona, llena de giros (demasiados, en mi opinión) y en la que el piano inicial se mezcla con unas guitarras eléctricas a las que ya no les queda demasiada fuerza y una batería siempre en forma. El pasaje más llamativo de la canción, el que destaca sobre los demás, el que empieza con Oh, but somewhere y, ascendiendo poco a poco, termina en un hermoso conjuro, Life is Beautiful. Aunque es una canción al alcance de unos pocos, a partir de este punto (y con la excepción del siguiente tema), The Dear Hunter pierde fuerza. Todavía nos va a dar otros dos temas más (Son y Father), muy ligados entre sí, pero la inspiración ya se ha echado a dormir.

En la introducción hablábamos del original tema que se marcó Casey en el segundo acto, The Oracles on the Delphi Express. Debió gustarle el resultado, porque en este tercer acto vuelve a repetir fórmula con Go Get Your Gun, y, en mi opinión, con mejores resultados todavía. Go Get Your Gun es un auténtico swing con aroma a western, un tema para bailar que se abre con una batería marcando un típico ritmo de swing y a la que se van añadiendo instrumentos (como el banjo). Casey demuestra que, aunque no tiene una gran voz, tiene un gran sentido melódico y rítmico. Los breaks de batería, aunque copiados descaradamente de los grandes temas de Benny Goodman (compárese el ritmo y los giros con la mítica Sing, Sing, Sing de Benny Goodman en este extracto de la película Swing Kids), son eficaces y tienen la capacidad de levantar a un muerto. Imprescindible para levantar la moral y una joya de este disco.

Después de esta orgía rítimica, Casey rompe de nuevo con Son, un tema cuyos primeros cuarenta segundos son de nuevo un coro a capella que recuerda, otra vez, a Battesimo Del Fuoco. Son es un tema en el que The Dear Hunter se olvida de las guitarras eléctricas por completo. A los coros les sigue un ritmo ternario en el que los tiempos débiles son marcados con los rasgueos de una guitarra acústica. La atmósfera general es de una absoluta tranquilidad y armonía que sólo son rotas por la irrupción de un piano retumbando con acordes graves. A partir de ahí, el piano se dulcifica hasta retomar la dulzura del principio, ayudado por instrumentos de cuerda. Otra hermosa canción que, en mi opinión, no acaba de cuajar del todo. La ausencia de las guitarras eléctricas se echa demasiado de menos en una canción que es la más larga del disco.

A la siguiente, Father, le sucede algo parecido, aunque el resultado es mucho mejor. Empieza donde lo dejó Son, con firmes acordes de piano en tonos menores para dar un giro a los veintiocho segundos y entrar en Oh, what a mess, un pasaje que levanta el tema para depositarlo, sobre la nota alargada de una guitarra eléctrica, en un nuevo remanso, it was so long ago, que da paso al climax de We stand and wait, el tema más conseguido y original de toda la canción, lo que verdaderamente sobresale. Retomamos de nuevo Oh, what a mess para desembocar en el tema de it was a long ago, esta vez sobre la frase one of this days, que se repite una y otra vez ascendiendo, volando a lomos de una guitarra eléctrica que la embellece hasta llevarla en una apoteosis final sosegada y hermosa. Como hemos dicho, el resultado, aunque no logra la unidad y la brillantez de otras canciones, sí es  digno de elogio.

Life and Death, el tema que cierra este tercer acto, con su melancólico piano solo, recuerda, más que a ninguna otra cosa, al broche final del primer acto, The River North, aunque apenas dura un suspiro, desvaneciéndose en un acorde grave.

Después de todo lo dicho, poco podemos añadir. Life and Death, la tercera entrega de la saga de The Dear Hunter, mantiene el altísimo nivel de las dos anteriores, las supera en algunos aspectos y, gracias a un giro evidente hacia la simplificación (aunque sólo sea aparente) es un banderín de enganche para aquellos que todavía no hayan escuchado nada de este magnífico artista. Si Casey mantiene su idea de llegar hasta seis entregas, tenemos asegurado el disfrute por varios años más. Y más. La saga de The Dear Hunter es ya un hito de la música rock contemporánea.

Web Oficial

The Dear Hunter en MySpace

Act I: The Lake South, the River North

The Mars Volta – Octahedron

In Música on junio 27, 2009 at 22:41
The Mars Volta - Octahedron

The Mars Volta - Octahedron

Esta semana vamos a tener, por fin, la oportunidad de hablar de uno de los mejores grupos de rock de la actualidad, un grupo que está construyendo su historia de forma  discreta, sin concesiones comerciales y con un genio inabarcable.

Nos referimos a The Mars Volta, el grupo norteamericano formado en el año 2001 por Omar Rodríguez (el sucesor natural de los grandes guitarristas de los setenta) y Cedrix Bixler-Zavala.

Su música ha sido definida como rock progresivo, y nosotros, que somos devotos de este género, no vamos a llevar la contraria. Sin embargo, en el caso de The Mars Volta, el tópico es más real que nunca: esa etiqueta es una forma de intentar atrapar un estilo inconfundible y un intento de resucitar el verdadero rock, tal y como se le entendía a finales de los sesenta y principios de los setenta, pero enfocándolo de una forma nueva.

Hace apenas unos días, el 22 de junio, se publicaba oficialmente su quinto álbum de estudio, Octahedron. Según sus propios integrantes, el objetivo era hacer su primer disco acústico, aunque, cuando uno lo escucha por primera vez, llega a la conclusión de que le han tomado el pelo a lo grande.

Podríamos describrir el estilo de este grupo y no terminaríamos nunca, pero lo mejor es recorrer los ocho temas del disco y disfrutar en el viaje como niños, que es de lo que, al final, se trara siempre.

Existen muchas formas de abrir un disco, y The Mars Volta elige una de las que más me gustan, romper el silencio inicial poco a poco, con una nota aguda que asciende en volumen durante más de un minuto, progresivamente, hasta desembocar en Since We’ve Been Wrong, primer single en EEUU. Es como tender un puente entre la realidad, llena de ruido caótico, y el disco, en el que el ruido en convierte en música. Y qué mejor manera de abrir la puerta que un arpegio de guitarra. La voz de Cedrix desgrana versos apoyándose en todas y cada una de las vocales, diviendo la introducción en bloques separados por silencios que parecen poder conducir a cualquier parte. Y lo hacen. De repente, una hermosa voz doblada rompe en un estribillo maravilloso que asciende una primera vez quedándose a medias y que desemboca, la segunda, en una explosión romántica en la que la batería te llega al corazón, la voz juega a contrapunto con los coros y las guitarras se liberan para improvisar de fondo. The Mars Volta demuestra que este álbum va a ser diferente, que son capaces de hacer cualquier cosa y hacerla bien, que, si quieren, pueden ser más clásicos que nadie.

En mi opinión, existen dos temas que brillan por su excelencia sobre el altísimo nivel general del álbum. Uno de ellos es la segunda cara del octaedro, Teflon. En él, se cruzan y entrecruzan a la perfección los tres elementos esenciales sobre los que están construídos todos los temas de The Mars Volta, la voz versátil y casi en falsete de Cedrix, la guitarra estratosférica de Omar y un batería que siempre es algo más que un mero acompañamiento. Teflon, un tiempo medio, evoluciona con elegancia sobre las distorsiones y los juegos sonoros de las guitarras, verdaderos ejercicios de estilo que muestran infinitas variaciones y detalles. Los solos vocales, que suben y bajan de escala, están perfectamente engarzados con los coros. Una verdadera maravilla.

En Halo of Nembutals, The Mars Volta utiliza, en la introducción, sonidos industriales y distorsiones de cuerdas para crear sensación de profundidad y un clima oscuro. La voz de Cedrix refuerza la atmósfera inquietante. Entonces, un break de batería y el despertar de la guitarra cambian el tono sirviendo de apoyo a una frase repetitiva. La introducción inicial vuelve a repetirse, pero esta vez en clave acústica, más plana, más inmediata. A partir de ahí, la estructura se repite una y otra vez de forma más furiosa, más desesperada, como si uno estuviera sumergiéndose en un abismo y cayera cada vez a más velocidad. Los últimos compases son realmente desatados. Un tema poderoso que, en mi opinión, no logra encontrar el equilibrio ni liberarse completamente. Un tema que se queda a medias.

El segundo momento cumbre del disco, en mi opinión, es With Twilight as My Guide, que también es el momento de la clave de sol. En cierto modo, es la otra cara de Teflon. La batería ha desaparecido completamente, y las guitarras crean una atmósfera crepuscular a base de escalas descendentes, sonidos amortiguados y juegos entrecruzados. La voz de Cedrix realiza el mejor trabajo de todo el álbum y consigue, probablemente, el lirismo más
emocional de toda la carrera del grupo. Un grupo que es capaz de hacer dos temas tan distintos y alcanzar en cada uno de ellos la perfección, es capaz ya de hacer cualquier cosa. Una canción para escuchar después de hacer el amor y sentir la vida pasar mientras la persona a la que amas te abraza.

Cotopaxi es el verdadero subidón de adrenalia del disco, un tema que recuerda más que ninguno el tono de los anteriores álbumes de The Mars Volta y que ha servido de primer single en Europa. Si dura apenas tres minutos, entiendo que es debido a que el grupo no ha querido cargar mucho las tintas para no perder el espíritu sosegado y acústico que prentedían en Octahedron. En cualquier caso, tampoco me parece una de sus mejores
composiciones, sirviendo, en mi opinión, más como reclamo que otra cosa.

Desperate Graves empieza con una introducción que, prentendidamente o no, suena a los pasajes bucólicos que creaba Genesis en la era de Peter Gabriel, por ejemplo en The Musical Box. Treinta segundos de tranquilidad que dan paso al tema real. El primer pasaje tiene una curiosa estructura ya que, a pesar de que la batería marca un ritmo frenético de cabalcade, la voz va detrás, saltándose compases, creando la una extraña impresión de contrapunto que puede resultar incómoda al principio, mientras las guitarras decoran en segundo plano cada frase con bellos acompañamientos distorsionados. Unos coros con la voz doblada dan a paso a la preparación del estribillo, elevando el tono y dejando las frases en alto. En ese momento, toda la fuerza contenida estalla en una profusión en la que la voz, las guitarras y la batería se unen. La estructura se repite una segunda vez, y la batería va perdiendo protagonismo sutilmente en favor de las guitarras. Es entonces, al final de la segunda repetición, cuando llega el climax. La tonalidad en la que ha transcurrido el tema desemboca en la mayor y el lirismo se hace dueño de la situación. El trabajo vocal se hace menos furioso y todo empieza a caer por su propio peso a fuerza de repitición para terminar en la misma introducción bucólica del principio. Una tema muy equilibrado, que evoluciona casi sin que nos demos cuenta y que gana con cada escucha.

A estas alturas, poco se le puede objetar ya al disco. A Copernicus se llega entregado, abierto de par en par. The Mars Volta regala el único tiempo verdaderamente lento del octaedro. Copernicus es, sobre todo, la voz de Cedrix, una voz llena de sutileza y que, en el estribillo, recuerda a la musica de finales de los setenta.

Para terminar, The Mars Volta apuesta por lo que, en el fondo, es un rock clásico, Luciforms. Detrás de este bellísimo título, se esconde un tema que podría haber convivido perfectamente con los clásicos de Led Zeppelin, The Doors o Jimmy Hendrix. Un tema en el que el protagonista, a pesar del juego que da la voz desgarrada de Cedrix, es la guitarra de Omar, una guitarra que nada tiene que envidiarle a los clásicos anteriormente citados y que gana cada día que pasa. Luciforms es rock épico, es un rock interpretado desde la sabiduría pero también desde la rabia, una rabia contenida que se aprecia mejor en la guitarra y en la batería queen la voz.

En resumen, podríamos decir que el octaedro construído por The Mars Volta no es simétrico. Algunas caras tienen más superficie que otras, destacando, en mi opinión, la dimensión melódica. Personalmente, creo que a eso se refería el grupo al afirmar que iban a hacer un disco acústico. Al igual que los actores cómicos, para los que la tragedia es siempre el santo grial que les convierte en grandes, el lirismo es la prueba de fuego de los grupos de rock. Con Octahedron, The Mars Volta pasa la prueba con nota.

Leonard Cohen – Live in London

In Música on junio 10, 2009 at 23:19
Leonard Cohen - Live in London

Leonard Cohen - Live in London

Esta semana vamos a hacer una excepción en Pezones de Venus dedicándole una reseña de honor a uno de mis creadores de cabecera. Ya sabemos todos que, a medida que uno va creciendo, se va quedando sin ídolos. A mí ya sólo me queda la clave de sol pero, de tenerlos todavía, él sería uno de ellos.

En segundo lugar, es una excepción porque vamos a hablar de la grabación de un concierto. En el caso que nos ocupa, eso quiere decir que se trata de una recopilación de grandes éxitos seleccionados para la ocasión. Es un dilema con mi conciencia, ya que, de entre toda la podredumbre que existe en el mundo discográfico (como en todos los mundos), los discos recopilatorios se llevan la palma. Puede que funcionen para ese tipo de grupos cuyos discos son simplemente una excusa para publicar singles pero, para el resto, son un forma directa y sencilla de rebajar la obra de un artista, mezclando temas que no tienen nada que ver los unos con los otros y que dejan al oyente en un profundo estado  de confusión. En ocasiones, se argumenta que son un medio adecuado para hacer llegar la música de un artista a audiencias que no conocen su existencia, pero no deja de ser una falacia. La mejor manera de acercarse a un autor es darle la mano, acompañándole a lo largo de su trayectoria, empapándose de sus sonidos, de su evolución y de sus ideas. Un recopilatorio es precisamente la antítesis.

Sin embargo, en el caso de Leonard Cohen, puede hacerse una excepción, aunque con muchos reparos. El canadiense es uno de esos contados artistas que ha evolucionado con el tiempo, hasta el punto de que, la que ya hoy se considera como la etapa de oro de su discografía, le llegó cuando ya había caminado un largo trecho musical y a la edad de cincuenta años. Estamos hablando del disco de 1984 Various Positions. En él, Cohen se presentó con una voz completamente distinta, una voz que, desde entonces, sería su marca de fábrica, una voz profunda, grave, casi de bajo, y perfectamente modulada. Musicalmente, sus temas empezaron a estar mucho mejor equilibrados, cambió la guitarra desnuda por los sonidos electrónicos y las orquestaciones se convirtieron en máquinas de relojería donde ninguna pieza podía variar su posición.

Pero Cohen ya había compuesto inolvidables canciones que, todavía hoy, siguen formando una parte importante del núcleo duro de su excelencia creativa. Estos temas, interpretados con su nueva voz, alcanzaron la perfección, convirtiendo las anteriores versiones en ejercicios de arqueología. Sin embargo, sólo pueden ser disfrutados en los discos grabados en conciertos, ya que Cohen (al menos que yo sepa) no ha entrado nunca en un estudio para grabarlos de nuevo.

Por todas estas razones, y porque, en mi opinión, Leonard Cohen ha llevado a la canción de autor anglosajona a su cota más alta (y con él es muy problemático usar el término canción de autor tal y como suele emplearse), los discos de sus conciertos son algo más que recopilatorios y grabaciones en directo.

Leonard Cohen, dentro de una extensa gira, ofrecía el 17 de Junio del 2008 un concierto en Londres que fue grabado para después ser publicado en un doble álbum en el 2009 bajo el título Live in London. El disco contiene muchos de sus grandes temas, desde los más antiguos a los recogidos en su penúltimo álbum, Ten New Songs. Es de destacar la completa ausencia de canciones del último disco, Dear Heather.

Lo primero que hay que decir es que, como no podía ser de otro mundo, los setenta y cinco empiezan a pesarle. Su voz está ya muy desgastada, y su capacidad para interpretar los temas en el ritmo de siempre cada vez está más mermada. En algunos de ellos, como The Future, se nota como canta a contrapunto, forzando las frases, aunque es de alabar su coraje al mantener el ritmo original y hacer él el esfuerzo de adaptarse.

En segundo lugar, sigue tratándose del mismo Cohen de siempre. Como ya hemos dicho antes, el canadiense nunca ha sido amigo de las improvisaciones. Sus letras y su música son el fruto de un largo trabajo (el tiempo entre discos es de varios años) y, una vez terminados, no vuelven a cambiar. Las orquestaciones, las pausas, los detalles, ninguno de ellos varía. Lo único que se permite es abrir los solos a instrumentos nuevos. Este disco no es una excepción. Sus coristas, aunque distintas a sus dos compañeras de las dos últimas décadas, no se mueven de las pautas que ya conocemos.

En tercer lugar, y a modo de anécdota, si uno tiene la oportunidad de ver el concierto en la televisión, puede observar que su actitud hacia el público ha cambiado completamente. Del Cohen adusto, sombrío y más parado que una piedra, hemos pasado a un Cohen que, sin llegar a ser Mick Jagger, sonríe, juega con el público, se arrodilla, gesticula en las canciones e incluso parece pasárselo bien. Probablemente sea sólo de cara a la galería, pero, como soy un fan incondicional suyo, prefiero pensar que la vejez le está sentando muy bien.

Por lo demás, el álbum es una mezcla aparentemente caótica. Que se inicie con la maravillosa Dance Me to the End of Love (un clásico con el que casi siempre empieza) y se pase a continuación a la increíble The Future (I’ve seen the future, brother, it is muder) no sólo es musicalmente una locura, sino filosóficamente surrealista. Pero lo peor es que después se marca una canción sobre el amor, Ain’t No Cure For Love, que termina de rematar el despropósito. Casi da pie a pensar que alguien con un sentido del humor tremendamente pecuilar y sarcástico le ha diseñado la lista de temas. Afortunadamente, después de algunos tumbos en la misma línea, el primer disco termina con Tower of Song, una obra maestra rítmica y melódica, y Suzanne, que es siempre, como todo lo demás, de la clave de sol, pero de la que no vamos a decir nada porque, si lo hiciéramos, podríamos afirmar que es una de las canciones de amor más sublimes de la historia porque, curiosamente, no es una canción de amor exactamente.

El segundo disco se abre con Boogie Street, del disco Ten New Songs. Por primera vez, el paso a Hallelujah (tan comercial y facilona que incluso han llegado a versionarla en Operación Triunfo) es coherente (dos temas a los que podríamos calificar de animados), para seguir con Democracy (ligeramente modificada para que suene cercana al country), la sensual I’m your man (interpretada muy despacio), Take This Waltz (sólo por esta canción podría sentarse a la izquierda del padre), Sisters of Mercy (otro tema talisman que ganó todo con su cambio de voz) o If It be your Will (que te hace tener ganas de ponerte de rodillas y dar gracias a quien haya que darlas por la existencia de la música). A partir de aquí, todos son viejos éxitos, a excepción de Closing Time, del disco The Future (para algunos su mejor disco, del que se han utilizado, además, Anthem, The Future y Democracy).

Como punto especialmente negativo, pondría el que no se haya incluído ningún tema de Dear Heather. No tenemos ninguna versión en directo, y hay temas que merecen ser reivindicados como auténticas joyas, como Go No More A-Roving o, sobre todo, Villanelle for Our Time, aunque tal vez esta es muy dura para cantarla en directo.

En general, creo que Live in London es un disco para aquellos que ya conocen a Leonard Cohen. Es un disco que, musicalmente, no aporta nada nuevo. Da la oportunidad de escucharle en concierto, cerciorarse de que todavía sigue vivo, y poco más. Aquellos que no conozcan a este gigante del arte, deberían olvidarse de este álbum y empezar por el principio (o, al menos, por Various Positions). Y, en caso de querer escuchar un buen concierto en directo de Cohen, intenten conseguir (en youtube hay buenos extractos) el que ofreció en San Sebastián después de sacar I’m your Man. Ahí estaba Cohen en su mejor momento, ese momento en el que ni siquiera le hacía falta moverse para tener al público entregado. Y, sobre todo, en silencio. La mejor demostración de la grandeza de este artista irrepetible la observamos al darnos cuenta de que, en sus conciertos, nadie corea las canciones. A sus conciertos se va a escuchar.

Hooverphonic – The President of the LSD Golf Club

In Música on junio 5, 2009 at 08:10
Hooverphonic - The President of the LSD Golf Club

Hooverphonic - The President of the LSD Golf Club

Desde que el rock entró en crisis a finales de los años setenta, agotada la fase clásica del rock progresivo y de las grandes bandas de los sesenta, agotada su capacidad de innovación, encerrada en fórmulas gastadas y sin aparente capacidad de renovación, la música electrónica tomó el relevo poco a poco, convirtiéndose en el verdadero motor revolucionaro que impulsó a la música hacia una nueva dimensión que el rock, extenuado, ya no era capaz de encontrar.

Ha llovido mucho desde entonces y la música electrónica es ya el gran género de nuestros días. Los pocos grupos que intentan crear todavía un rock nuevo, que intentan buscar fórmulas nuevas capaces de resucitarlo, lo hacen recurriendo a sonidos y bases electrónicas, como el caso de los inigualables Radiohead. La música electrónica, a pesar del paisaje que la rodea, es la única que abre sendas todavía no exploradas, la que mantiene el potencial de dinamitar los sonidos conocidos e impulsarlos hacia el futuro.

Hace unos meses reseñábamos el impresionante último disco de los británicos Portishead, grupo que renació de sus cenizas apartándose del sonido que les hizo famosos, el Trip Hop. Hoy nos ocupamos de otro de los grupos que hizo grande este subgénero típicamente europeo en la década de los noventa, Hooverphonic. Después de una carrera que había abarcado una década desde su primer álbum de 1996, los belgas publlicaban en septiembre del 2007 , un título que ya presagia el espíritu que del disco y que viene acompañado de una portada ciertamente sugerente, con tigres, montañas rusas y astronautas avanzando al unísono hacia nosotros.

Al contrario de Portishead, que supieron saltarse la etapa de la experimentación (o se la guardaron en su casa, nadie lo sabe) para crear una obra coherente y completamente nueva, ajena al Trip Hop, Hooverphonic mostraba ante el público sus tentativas de encontrar un nuevo lugar bajo el sol. The President of the LSD Golf Club es un disco heterodoxo que contiene muchos estilos, ritmos y orquestaciones. A veces puede llegar a despistar, ya que cambia radicalmente de un tema a otro. El resultado, después de haberlo escuchado varias veces, no llega a ser enteramente satisfactorio: se nota demasiado la inseguridad y la confusión en algunos pasajes. Sin embargo, es un ejercicio de búsqueda personal notable en el que podemos encontrar verdaderas maravillas.

El tema se abre con los potentes acordes de teclado de Stranger, la voz lejana pero segura de Geike Arnaert y los arpegios rítmicos de Alex Callier. Es una canción con un tono cercano al último disco de Goldfrapp, Seventh Tree, una canción desinhibida a medio camino entre el piano-rock y el ambient, una canción propia de un grupo al que le faltan todavía muchos cartuchos que quemar.

La calidad asciende con 50 Watt, un tema en la que los teclados se hacen más presentes, las guitarras distorsionan, la batería pasa a primer plano y la voz de Geike cambia para hacerse más grave y acercarse al speak voice. Sin alejarse de un evidente perfume comercial, presente en todo el disco (no nos engañemos ni por un instante, Hooverphonic no son y nunca serán Portishead), 50 Watt introduce sonoridades muy interesantes y complejas que convierten el tema en uno de los más sutiles y trabajados del disco. Excelente.

Con Expedition Impossible, Hooverphonic da un puñetazo en la mesa y toca la trompeta para atraer a todos. El que fuera el primer single del disco, empieza con un ritmo marcial de batería para ser relevado por una guitarra que coge un ritmo rockero con muchas ganas. La melodía está estructurada en servicio de un estribillo que se construye poco a poco, añadiendo tensión con la voz de Geike. Lo más interesante de todo es que, cuando llega, nos encontramos con un estribillo instrumental con una fuerza tremenda. Un single incontestable y, a pesar de eso, con calidad y buen hacer. No se puede pedir más.

Circles fue el tercer single del disco (febrero del 2008) y cambió significativamente el espíritu de los dos primeros. El primer minuto nos recuerda, vocal e instrumentalmente, el estilo pausado, manierista y emocionalmente contenido de Björk. El sonido sombrío y apesadumbrado de este pasaje, construído sobre la frase “move on”, deja paso a una coda más expansiva que desarrolla la melodía de forma más generosa. Un tema notable que habría podido aspirar a un sobresaliente si se hubiera profundizado en el primer pasaje en lugar de caer en el lado oscuro de lo inmediato.

El octubre del 2007, Hooverphonic presentaba como segundo single el quinto tema del disco, Gentle Storm, una canción en la onda del primer single pero mucho más cercana al pop, mucho más digerible e inmediata, construída con un ritmo de batería facilón pero siempre efectivo y una estructura que empieza en alto para buscar la dominante, momento de mayor emotividad del tema. El que Hooverphonic pudiera presentar Gentle Storm como segundo single demuestra una buena forma envidiable.

The Eclipse Song cambia de nuevo el rumbo con unos teclados que suenan a clavicordio y un aire desesnfadado que, sin embargo, no creo que llegue a ningún sitio. En mi opinión, aunque es agradable y resultón, es el único tema soso del disco, el único que no parece llegar a ningún sitio interesante.

Billie, en cambio, es un tema tranquilo que introduce la nota de elegancia en el álbum, una elegancia que se traduce en que Hooverphonic se toma su tiempo para desgranar, sin prisas, un ritmo pausado en el que los teclados vuelven a servir como plataforma parea el juego vocal de Geike.

Con Black Marble Tiles nos encontramos con otro de los temas más experimentales, pensados y trabajados del disco. Comienza con la voz de Geike en sordina y apagada, apenas acompañada orquestalmente, sumida en el pozo melódico de un tono menor que intenta buscar desesperadamente un tono mayor donde expulsar sus emociones. El pasaje vuelve a repetirsea a partir del minuto y medio, pero con la voz en claro, el acompañamiento de la guitarra y la batería marcando el ritmo. Es como asistir a la depuración paulatina de un sonido turbio y lleno de contaminación en el que, poco a poco, descubrimos una joya lírica. Al llegar al tercer minuto asistimos a la tercera repetición, en la que se llega a la perfección, a la estabilidad del tema. Un tema muy interesante y hermoso.

Strictly Out of Phase está muy próximo a Billie pero, sobre todo, a los temas de la música disco de los años setenta, a ese bello sonido psicodélico y atmosférico.

Para cerrar el disco, Hooverphonic presenta Bohemian Laughter, otro tema en el que experimentan para intentar encontrar un lugar de unión, un cruce entre el rock de los noventa y la música electrónica, entre unos ritmos que casi se acercan al grunge y delicadas atmósferas etéreas. Terminar el álbum de esta manera demuestra, desde luego, mucho valor, y salen muy airosos.

En general, podríamos decir que The President of the LSD Golf Club es un disco que es al mismo tiempo comercial y experimental: comercial porque no hay una sola canción que no se pueda disfrutar desde la primera escucha; experimental porque intenta géneros y estilos muy distintos sin acomodarse en ninguno.

Official Hooverphonic WebSite

Hooverphonic in MySpace

Beach House – Devotion

In Música on junio 1, 2009 at 08:43
Beach House - Devotion

Beach House - Devotion

No sé por qué extraña razón, las canciones lentas, pausadas, compuestas por grupos de pop-rock suelen calificarse, en un intento de hacer poesía, de canciones para días de lluvia.

Digo esto porque ya me he encontrado este adjetivo en muchas ocasiones y siempre me ha provocado risa. En primer lugar porque nunca me han gustado los lugares comunes, segundo porque es el típico recurso de quien no sabe expresar en palabras propias lo que siente con una canción en concreto y, en tercer lugar, ¿es que todas esas personas sienten lo mismo cuando llueve? Sé que no soy el único al que le entran ganas de vez en cuando de salir y dar saltos como Gene Kelly, por poner un ejemplo. ¿Por qué hay tanta gente que piensa en la lluvia cuando escucha una canción melancólica? ¿Por qué no en la nieve, en el granizo o en la niebla? ¿Está detrás de todo esto el Instituto Meteorológico?

De todas formas, creo que, como ya he dicho varias veces,  existe una sensibilidad muy desarrollada para los temas movidos, con ritmo, y muy poca para el resto (en este caso, entiéndase sensibilidad como la capacidad para distinguir y valorar matices). Es posible que sea por los géneros que forman parte de la educación musical general.

El caso que nos ocupa esta semana podría asimilarse al de Elle Belga, de los que hablamos la semana pasada. Devotion, segundo disco del grupo de Baltimore Beach House, publicado el 26 de Febrero del 2008, también es un ejercicio de sutileza, de caminar por esa fina línea en la que están confinadas la melancolía, la nostalgia o la lentitud, de saber encontrar, en ese estrecho territorio, diferencias, grados distintos que hagan vibrar emociones distintas.

Las dos armas fundamentales que utilizan sus dos integrantes, Alex Scally y Victoria Legrand (otro nombre de esos que te obliga a ser algo en la vida) son el órgano (tocado por ella) y las voces. Dicho así, casi podríamos pensar que son ideales para tocar en una iglesia.

Valga como muestra Wedding Bell, el tema que abre el disco, y que quede claro que no he hecho la comparación anterior a propósito. Efectivamente, haciendo honor al título, es una canción que transmite alegría. Los elementos que hemos comentado están ahí. Nadie puede darse por engañado si sigue escuchando el disco. Tal vez este tema, mejor que ningún otro, permita entender la idea que tiene Beach House del dream-pop, el estilo donde se les ha clasificado. En cierto modo, es otro ejemplo de comienzo en falso ya que, aunque el sonido es representativo, no lo es el espíritu, el tono, esa alegría de la que hablábamos.

El órgano se encarga de demostrarlo en las primeras frases de Came to Me, una melodía en tono menor que pasa de la melancolía a una especie de calma celestial a través de un elegante puente coral. Un tema precioso que destaca por su evolución interna.

De haber in single en este disco (cosa bastante discutible), sin duda sería Gila, una canción que brilla enseguida entre las demás por dos razones: en primer lugar porque la guitarra de Scally, al contrario que en el resto del disco, pasa a primer plano con fuerza contenida, la segunda porque tiene una melodía concreta, definida, que no se va por las ramas, que no se transforma, es decir, que se repite una y otra vez, haciendo muy fácil su asimilación.

Turtle Island es un diálogo interesante entre la voz, el órgano y la batería, que cobra un insutiado protagonismo a pesar de permanecer por detrás. No es exactamente melancolía lo que transmite esta canción, sino más bien desasosiego. Existe un desequilibrio entre el estribillo y el cuerpo que le da paso que impide que uno se sienta a gusto completamente.

Un arpegio de guitarra da la bienvenida a Holy Dances, un tema que transmite relajación y en el que el órgano vuelve a pasar a segundo plano. Las panderetas toman el relevo poco a poco y las voces se convierten en un coro perfecto construyendo un tono barroco presente siempre en el dream pop.

All the Years es un tema que empieza en alto, contiene una de las evoluciones melódicas más sugerentes del álbum y en uno estribillo bellísimo que, sin embargo, no está demasiado desarrollado para no quedar demasiado evidente.

Heart of Chambers es, probablemente, junto con Gila, el tema con más  fuerza del disco. Por primera y única vez, Beach House se ponen épicos y componen un tema que, a su manera, parece influído por los grandes temas de los años setenta. La guitarra vuelve a cobrar protagonismo en una atmósfera con grandes pretensiones  que no se ven defraudadas. Uno de los momentos álgidos del disco.

Some Things Last a Long Time empieza con lo que Aute llamaría sonido de alas como balas. Este tema transmite una tristeza extraña. El arpegio de la guitarra y las voces se entremazclan con una batería intentando adueñarse de la situación. Una canción que, por momentos, recuerda al folk norteamericano.

Además de darle la oportunidad al órgano de Victoria de demostrar toda su amplitud, Astronaut tiene el honor de contar con los coros más bellos de todo el disco, unos coros que explotan hacia el final del tema después de una cuidada preparación. No existe en todo el disco de Beach House un empeño tan meticuloso en mantener la tensión durante tanto tiempo para dejarla estallar poco a poco y provocar una intensa emoción. bellísima.

El ritmo y la estructura de D.A.R.L.I.N.G. la convierte en todo un clásico, una canción con aroma a las baladas de los años cincuenta y en el que el órgano de Victoria y la guitarra de Scally trabajan compenetrados. Es interesante cómo está pensado el acompañamiento, sostenido por el órgano y dejando a la guitarra redondear las frases.

Para terminar con buen sabor, Home Again nos regala una especie de villancico que con varios pasajes y en el que las panderetas vuelven a cobrar protagonismo.

Resumiendo, podríamos decir que Devotion, el segundo disco de Beach House, es una obra que permite ser escuchada de dos formas distintas. La primera es dejarse llevar por su propuesta y disfrutar de una atmósfera barroca, sosegada y extremadamente lírica que provoca intensas y variadas emociones. La segunda es profundizar algo más y descubrir que esas emociones se consiguen en virtud de una sofisticada arquitectura, donde el órgano, la guitarra y la percusión se organizan de una canción a otra en combinaciones distintas y orginales.

Beach House in MySpace

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Elle Belga – 1971

In Música on mayo 22, 2009 at 17:01
Elle Belga - 1971

Elle Belga - 1971

La mitificación que desde hace ya algún tiempo viene haciéndose de la década de los ochenta en España, calificándola como la edad de oro del pop español, siempre me ha parecido un intento desesperado de dotarnos a la fuerza de un movimiento cultural que sea homologable en Europa y nos convenza de que la libertad democrática resultó en pocos años en una explosión de creatividad.

En mi opinión, nada más lejos de la realidad. La música pop-rock de los ochenta en España, salvo honrosas y destacables excepciones, no sólo me resulta poco brillante, sino una imitación de lo que se estaba haciendo en otras partes. La mayoría de los grupos que tanta admiración despiertan hoy no fueron, en mi opinión, más que bandas cuya única virtud fue llenar un vacío histórico. Su originalidad brilló por su ausencia, y ni siquiera la imitación de las corrientes extranjeras se hizo con inteligencia o profundidad, sino artificialmente y sin inspiración ninguna. La pésima calidad musical de los ochenta en España es la mejor demostración de que todavía había que esperar, que las cosas no estaban maduras.

Han pasado los años y el panorama ha cambiado. Ha habido un cambio generacional (por mucho que intente maquillarlo el revival ochentero con las giras nostálgicas de Los Secretos, Nacha Pop, Tequila, etc…), una generación que ha tenido acceso a una educación más amplia y libre. Aunque nos falta todavía la prueba del tiempo, que permite juzgar mejor las cosas y tener más información, a día de hoy afirmaría que, al menos en España, nunca se ha hecho mejor música, y más variada, que en la actualidad.

Ya hemos hablado en Pezones de Venus de algunas de las joyas que dio el 2008, como el disco de Lucas 15 (proyecto de Nacho Vegas y Xel Pereda) o Un día en el mundo, el debut de Vetusta Morla, un grupo que se ha llevado todos los premios habidos y por haber. Aunque este cambio ya venía gestándose desde hace años, creo que el 2008 podría pasar a la historia como el año que marcó un antes y un después, el año en que el camino de regreso quedó cortado definitivamente. Los premios a Vetusta Morla constituyen, en este sentido, todo un símbolo.

Hoy vamos a hablar de otra piedra en el camino de la excelencia, de otro grupo que abre el abanico de posibilidades, sube el listón de la calidad e impulsa esta resurección hacia delante. Se trata de Elle Belga, la formación creada por Jose Luis Gacía (ex miembro de Manta Ray, el mejor grupo de rock en mi opinión que ha salido de Asturias desde que el mundo es mundo) y su compañera Fany Álvarez.

Tras la disolución de Manta Ray a principios del 2008, Elle Belga empezaba a calentar motores. El 23 de Marzo de este mismo año salía a la luz su primer disco, 1971 (llamado así, al parecer, por ser el año de nacimiento de sus dos integrantes). Lo primero que hay que decir es que, aunque mantenga influencias lejanas de Manta Ray, es un álbúm completamente distinto.  Su punto de partida es la música tradicional, no sólo asturiana sino española en general (podríamos afinar más diciendo que es la música tradicional castellana). En este sentido, es evidente la sintonía con el disco de Lucas 15. Pero no  se puede hablar de influencia ni de deudas musicales. Se trata más bien de una confluencia, de una tendencia  común.

Pero no estamos ante un disco que intente resucitar música antigua. 1971 toma esa rica herencia del pasado y la transforma a los tiempos actuales añadiendo ritmos y estilos propios de nuestra época. Si Mudarra y Narváez estuvieran vivos, esta es la música que harían.

El disco abre con Cada día, un tema con una fuerte influencia de la música tradicional, con una guitarra que suena renacentista a más no poder y un ritmo bello de mazurka sobre el que se apoya la delicada voz de Fany Álvarez en primer plano y la de Jose Luis García en segundo plano. Una suave trompeta adorna el pasaje instrumental y convierte el conjunto en una apuesta que tiende puentes entre el pasado y el presente, un presente en el que ya no tiene cabida el conformismo.

Todas las cosas se ha vendido como el gran single del disco. No hay duda de que tiene un ritmo cercano al pop que entra con facilidad. En este caso el juego de voces enter los dos vocalista está más equilibrado, teniendo Jose Luis García más peso que ella. La orquestación es muy cercana al tema anterior.

La nana de la Mora es, como su propio nombre indica, una canción de cuna cantada con una enorme sensibilidad por Fany Álvarez, acompañada por una guitarra que se adapta a la voz de ella y unos coros que terminan cada frase de una forma muy elegante y hermosa. El tema vuelve a sonar a renacentista a pesar de la batería integrada en la parte final, que, sin embargo, sirve para que el tema no se estanque.

Iluminada es un tema instrumental tranquilo a dos guitarras, una en los tonos altos y la otra en los bajos. Un buen intermedio acorde con el tono general.

Dulce niña es otro gran tema con las dos voces en equilibrio y un ritmo progresivo, muy marcado por una batería que sale un poco del ostracismo y una guitarra que sigue instalada en el trémolo y en las escalas altas. Otro posible single que, aunque tenga la fuerza de Todas las cosas, es más sútil.

La Reina es otro tema tradicional que podría haber sido interpretado a capella perfectamente. De hecho, salvo la introducción y los silencios entre las frases, es prácticamente vocal. Los juegos de voces llegan al paroxismo. Existe un curioso pasaje en medio de la canción que, además de enriquecer la melodía, parece querer demostrar la versatilidad de Elle Belga y las enormes posibilidades que pueden tener todos los temas del álbum tocados en directo.

Si existe un corte que pueda considerarse cercano al legado de Manta Ray, un tema por el que los seguidores más incondicionales del legendario grupo de rock puedan absolver la herejía que ha cometido Jose Luis García al hacer un disco como 1971, ése es Escóndete. En mi opinión, es la otra cara de Todas las cosas. Es la canción con más fuerza de todo el álbum con mucha diferencia, una demostración de cómo se puede componer una canción llena de energía contenida que sólo explota en el corazón del oyente, una canción que va creciendo más y más, que se va llenando de sonido pero que nunca llega al clímax.

Después de esta carga cercana al rock conceptual, El tiempo relaja de nuevo los ánimos con otro tema que, esencialmente, es a capella por muchos instrumentos que quieran meterle, un tema muy parecido a La reina y que le debe mucho a la música tradicional castellana del siglo XV y XVI.

Mi conciencia es quizá el tema más experimental de todo el álbum, el tema más complejo, con más cambios de ritmos y más intencions distintas. Sin embargo, en mi opinión, no logra concretar ninguna, se dispersa demasiado.

El última tema de 1971, Yo podría dar mi voz, casi podría decirse que tiene un tono de canción de autor, de esa canción de autor de tradición latinoamericana, aunque, por supuesto, con mucha más elegancia y sutileza. Aunque es una delicia, no acaba de convencerme del todo. Posiblemente es la canción más superficial del disco.

En general, podría decirse que, con este disco, Elle Belga ha querido demostrar diez formas distintas de ser sutil, elegante y dulce. Los amantes de las guitarras desaforadas suelen salir huyendo en cuanto escuchan un tema tranquilo. Cualquier ritmo que sea más lento que un allegro les parece igual a todos los demás. Elle Belga, desde su Asturias natal, un lugar que cada vez nos da más satisfacciones, demuestra lo contrario con 1971, además de poner punto y final a la mediocridad y poner cara a un adjetivo que, hasta ahora, abundaba poco en nuestro país: elegancia.

Algunas de las canciones de este disco pueden escucharse en el sitio de MySpace del grupo.

The Walkmen – You & Me

In Música on mayo 18, 2009 at 13:26
The Walkmen - You&Me

The Walkmen - You&Me

Con esta curiosa y elegante cubierta, que muestra a dos mujeres vestidas con el recato que era habitual en tiempos pasados, los neoyorquinos The Walkmen presentaban en agosto del 2008 You & Me, su quinto álbum en apenas seis años.

Cuando los escuché por primera vez, sentí como si hubiera descubierto la cuadratura del círculo. Al fin encontraba un grupo indie que, además de aporrear guitarras y armar un ruido de escándalo, sabía tocar de verdad.

Al principio, el sonido de The Walkmen puede echar para atrás. Sus canciones están apoyadas en guitarras muy distorsionadas, acompañamientos que rozan lo barroco y una voz muy lejos de lo lírico.  Pero, como siempre, recomendamos paciencia.

El disco se abre en un tono épico que recuerda a los grandes grupos de los años setenta. Dónde Está la Playa parece sacada de algún álbum antiguo, suena a clásico nada más escucharla. La combinación de los bajos profundos de la batería y el arpegio de la guitarra crean un ambiente brumoso y progresivo que casi nos hace pensar en la legendaria Nights in White Satin. A lo largo de cuatro minutos asistimos a la repetición del mismo esquema, pero adornada con instrumentaciones y detalles propios de una banda que sabe lo que hace. En cierto modo, todo hay que decirlo, es una especie de engaño, ya que el resto del disco, salvo la maravillosa On the Water, no va por estos derroteros. Pocos discos tienen un comienzo tan poderoso.

Un corto interludio de guitarra, Flamingos (for Colbert), que no sé muy bien a qué atiende, sirve para dar paso al segundo gran tema de You & Me, On the Water, que sigue la estela del primer corte, pero con un ritmo más sosegado que lo convierte casi en una Sodade anglosajona. El ritmo está marcado de forma insistente por una batería que, junto con la guitarra, crea un movimiento de flujo y reflujo precioso, acercándose y alejándose.

Y hasta aquí llega el tono épico del disco. In the New Year, segundo single extraído del álbum, nos introduce en el tono indie que todos esperábamos del grupo. En este caso, el tema está construído con el viejo recurso de empezar en alto, en la subdominante, y pasarse el resto de la canción buscando la relajación de la dominante, que explota con toda la parafernalia. Transmite alegría exuberante. Ideal para celebrar grandes ocasiones.

Seven Years of Holidays sigue la misma estela que la anterior en estructura y tono. En esta ocasión, sin embargo, The Walkmen parece haberle dado rienda suelta al batería para que haga realidad sus sueños más profusos. El tema está cruzado por un constante estallido de platillos casi manierista, ya que no está justificado por el resto del tema. El resultado es una combinación muy curiosa, un experimento que, si no exitoso, al menos es innovador.

Postcards from Tiny Islands es, en mi opinión, el tema más arriesgado del disco. De principio a fin, asistimos a una sucesión constante de ritmos, desde el inicial (sosegado y marcado por los bajos profundos de la batería y el arpegio de la guitrra) hasta el festivo, casi eslavo, que le sucede.  Sorprendente e inesperado.

Red Moon es un tema lento con toques folk en el que The Walkmen introducen instrumentos de viento y panderetas, además de controlar algo más el acompañamiento para conseguir un todo armónico.

Este parón de adrenalina sirve de forma eficaz para preparar los oídos a Canadian Girl, el tercer gran tema del disco. A medio camino entre la canción de cuna y la melodía de una caja de música, la guitarra distorsionada que acompaña todo el tema, con sus altos casi disonantes, y la entonación del vocalista, cercana a los clásicos de los años sesenta, convierten la canción en una auténtica delicia, acompasada y sutil.

Después de estos dos temas, a The Walkmen se les escapa de nuevo el de la batería y les sale de nuevo la vena indie con Four Provinces. Otro tema más inspirado en la filosofía de In the New Year.

Long Time Ahead of Us nos devuelve a Red Moon, a un tono tranquilo y, esta vez, abiertamente folk (no quedaría nada mal esta canción tocada por los Fleet Foxes). Mucho más hermosa que Red Moon, más inspirada y más pensada.

The Blue Route es el single que todo grupo indie necesita para presentar un disco. Sirvió para la presentación en sociedad de You & Me y, como mínimo, podemos decir que su eficacia es indiscutible. Apartándose de la estructura de In the New Year, construye un andamio clásico, de menos a más, con un estribillo pegadizo de los que se pueden gritar en cualquier parte.

Como decimos a veces, New Country es una canción que pasaba por allí. Cercana en sus pretensiones a Long Time Ahead of Us, no consigue, sin embargo, definirse y queda a medio camino de todo y nada. En mi opinión, totalmente prescindible.

I Lost You es otra de las sorpresas del disco y uno de los mejores ejemplos de las virtudes y los defectos de los grupos indie. Por primera y única vez en todo el disco, The Walkmen se ponen líricos de verdad y componen un tema apoyado primordialmente en una melodía inspirada, bien compuesta y que gana en profundida a medida que va avanzando. Lo único que le impide ser un tema sobresaliente es esa verguenza o timidez que tienen tosos los grupos indies a mostrarse emocionales, a cambiar sus acompañamientos, dejarse de guitarreos, y darle al tema lo que necesita. Por lo general, creo que no lo hacen porque no son capaces. En este caso, creo que a The Walkmen les sobra capacidad para ello, aunque tal vez no la valentía suficiente.

If Only It Were True cierra el disco de una forma un tanto gris. No aporta nada al conjunto y puede generar una sensación de saturación.

En resumen, podría decir que You & Me es el mejor disco de The Walkmen hasta la fecha. El tono predominante es el acostumbrado para un grupo indie, y saben hacerlo muy bien. Sin embargo, y aquí es donde aparece el signo distintivo, en al menos cuatro temas apuntan caminos interesantes (Donde esta la playa, On the Water, Canadian Girl y I Lost You) que pueden sacarlos de ese marasmo caótico que se ha convenido en llamar indie y convertirlos en un grupo de primera división, un grupo de gustos horizontales y abierto a todas las formas musicales. Es un caso parecido al de The National. Sólo el tiempo nos sacará de dudas.

Marillion – Happiness is the Road – II: The Hard Shoulder

In Música on mayo 6, 2009 at 16:54
Happiness is the Road - The Hard Shoulder

Happiness is the Road - The Hard Shoulder

Después de haber disfrutado la semana pasada de Essence, la primera parte de Happiness is the Road, el último disco publicado por el grupo de rock neo-progresivo Marillion, esta semana vamos a abordar la segunda parte de este doble álbum, The Hard Shoulder, término que se utiliza en los países anglosajones para referirse a lo que aquí llamamos arcén.

El significado de este subtítulo es, en principio, bastante inmediato. Si la primera parte, como ya dijimos, dibujaba un viaje conceptual a través de diferentes estados emocionales y existenciales, un viaje en el que se transitaba por esa autopista de varios carriles que no lleva, en realidad, a ningún sitio, sino que contiene en sí misma la felicidad, esta segunda parte nos presenta el carril de ayuda, el lugar en el que echarse a descansar o por el que adelantar cuando hay demasiado tráfico en la vida.

Este segundo álbum es completamente diferente al primero. No existe la unidad conceptual de aquel. Está compuesto por nueve temas que, en principio, no guardan relación temática los unos con los otros.

Musicalmente, sin apartarse demasiado del sonido de la primera parte, nos encontramos a Marillion algo más cercanos al rock y algo más progresivos. No se trata de un disco de descartes, sino uno donde caben temas sencillos cercanos a la línea de Essence, temas complejos en la tradición progresiva y verdaderos singles.

La diferencia entre las dos partes queda clara desde el principio. Thunder Fly procede de la tradición del rock de los setenta y se aparta por completo de todos los cortes de Essence. Y no sólo musicalmente. Las reflexiones trascendentales han dejado paso a una evocación casi hedonista sobre una especie de insecto (“corn fly”) que se enreda y revolotea alrededor (un tema que ya muy transitado, como en el poema Las moscas, de Machado).

Con The Man from the Planet Marzipan entramos de lleno en el terreno del mejor rock progresivo clásico. Un tema muy barroco de casi ocho minutos en el que Marillion ha construído un universo sonoro lleno de ambientes que van evolucionado y ganando matices. La letra se evade al fin del mundo real para invitarnos a hablar con un habitante del planeta Marzipan. Un momento genial del disco.

Y llegamos a Asylum Satellite #1, el mejor tema, en mi opinión, de este segundo álbum.La filosofía es parecida a la del tema anterior, pero más eficaz y emocionante. En ocasiones, The Man from the Planet Marzipan puede llegar a parecer un ejercicio de estilo. Asylum Satellite #1, por el contrario, concentra una hermosa instrumentación con el objetivo de emocionar. Durante sus nueve minutos y medio transitamos por un futuro en el que la humanidad ha tenido que refugiarse en un satélite en órbita alrededor de La Tierra para poder sobrevivir a algún tipo de catástrofe galáctica no especificada. El tema parece querer evocar cada pasaje de la historia, desde la fase inicial (que dura algo más de un minuto y medio y evoluciona desde el soniquete de principio hasta la introducción sofisticada que da paso a Hogarth) , pasando por la parte central, que se repite varias veces (y que construye una coda espacial maravillosa), hasta un magnífico solo de guitarra, enlazado con una atmósfera sosegada (como si el sistema solar si hubiera extinguido y no quedara nada). Un tema grandioso.

Older Than Me cambia de tercio con una especie de balada melancólica que me hubiera gustado escuchar a piano solo. Una oportunidad para respirar después de casi veinte minutos viajando por el espacio.

El comienzo de Throw Me Out me recuerda de forma inmediata a The House of the Rising Sun, pero pasada por un órgano perezoso. Para ser sinceros, es lo único que me llama la atención de todo el tema.

En Half the World, Marillion parece componer un tema para esos extraños, infrecuentes y surrealistas momentos en los que una relación se rompe de forma amistosa y sólo nos quedan buenos deseos para la otra persona. Al igual que el anterior, este me parece otro tema menor dentro de esta segunda parte.

De ser ejecutivo de marketing y haber tenido la posibilidad de elegir un tema para presentarlo como single de este maravilloso Happiness is the Road, habría escogido Whatever Is Wrong with You sin dudarlo. Eso es lo que hizo Marillion. Escondido al final de esta segunda parte, es un tema de esos que levantan a los muertos. Whatever is wrong with you, Is so right for me!

Después de esta traca apoteósica, Marillion debería haber cambiado de tercio inmediatamente, ya que cualquier comparación puede ser odiosa. Ésa es la tragedia de  Especially True, el de ser una canción aceptable, con un estribillo pegadizo e inspirado, que queda eclipsada por el single indiscutible de Happiness is the Road.

Para terminar este tour de force, Real Tears for Sale, un tema cercano a los sonidos de los ochenta, en concreto al rock norteamericano. En la segunda parte improvisan un pasaje más tranquilo para terminar en una orgía instrumental y vocal que se va disipando de nuevo.

Como hemos visto durante estas dos entregas, Happiness is the Road es un disco con doble personalidad, un disco con dos partes claramente diferenciadas, la primera más conceptual y asequible, la segunda más dispersa, variada y compleja. No va a cambiar el panorama de rock progersivo ni del pop. Tampoco creo que sea la obra cumbre de Marillion (como se ha dicho). Más bien es una piedra más en una trayectoria envidiable, una piedra que nos hace soñar con futuras maravillas.

Si después de tantos minutos de música no se nos ha quedado nada en la cabeza, no pasa nada. Al menos, sí hemos aprendido lo importante:

HAPPINESS IS THE ROAD.

Marillion – Happiness is the Road – I: Essence

In Música on abril 29, 2009 at 13:59

Happiness is the Road- Essence Ha llegado el momento de reseñar este doble álbum que Marillion publicó en septiembre del 2008, el décimo quinto de su larga carrera. Durante los últimos meses me he debatido entre hacerlo o no, lo he escuchado varias veces y he llegado a la conclusión de que necesito explicar lo que pienso de él para liberarme de una vez por todas.

Marillion forma parte de esa oleada de grupos que, a principios de los ochenta, tomaron el testigo de los agotados grupos del rock progresivo clásico, siguiendo el camino donde ellos lo habían dejado, siendo denominado el movimiento, de forma genérica, como rock neo-progresivo. Inspirándose en la música de década anterior, introdujeron modificaciones como la introducción de sintetizadores modernos, una concepción de los temas más centrada en la composición (en oposición a la improvisación de los setenta), canciones más cortas y un sentido del espectáculo más depurado. Por la época en que surgieron, pronto incluyeron en su música fórmulas y estructuras cercanas al pop y al jazz, por lo que muchos puristas del rock progresivo les tienen crucificados.

Como toda declaración de principios, aquellas críticas tan radicales pecaron de simplistas y dejaron en el camino grandes creaciones y bandas que merecían la pena, una de las cuales es la integrada por estos ingleses que tomaron el nombre del grupo del conocido libro de Tolkien Silmarillion. De hecho, se considera a Marillion la quinta esencia del movimiento, además de ser el qué más éxito ha tenido en cuanto a ventas y seguidores.

Veinticinco años después de la publicación de su primer disco, Marillion sacaba al mercado Happiness is the Road, un álbum doble que me llamó poderosamente la atención después de escuchar una magnífica entrevista que la gente de Radio3 le hizo al líder del grupo, Steve Hogarth.  En ella, el vocalista contaba los duros momentos que había pasado recientemente, desde el divorcio con su mujer de siempre, pasando por una nueva relación que le había dado la oportunidad de ser padre otra vez, hasta la muerte de su padre. Enseguida sentí curiosidad por cómo habrían afectado esas vivencias a la música del grupo, cómo las habrían plasmado.

Ya el título del disco, otra declaración de principios, nos da una idea de lo que nos vamos a encontrar. En él, los de Steve Hogarth, inspirándose, al parecer, en un libro de autoayuda muy popular llamado The Power of Now, le dan la vuelta a la forma tradicional de entender la vida, afirmando que la felicidad no es éso que nos espera al final del camino, que la felicidad no es la recompensa por nuestros esfuerzos. La felicidad, según Marillion, es el camino mismo, las cosas que hacemos mientras luchamos por llegar a algún sitio donde nos sintamos menos solos, a algún sitio donde las cosas tengan un poco más de sentido.

Es decir, que el sufrimiento y las malas experiencias de su vocalista han sido catalizadas por Marillion hasta convertir su música en una catarsis que nos impulse a seguir adelante, valorando las cosas hermosas que hay en la vida y sabiendo aceptar las derrotas y los fracasos. Es un álbum luminoso, optimista, exento de esos sonidos oscuros y tenebrosos por lo que tanto transita el progersivo actual. Es un disco muy cercano al pop, un disco muy asequible, fácil de asimilar y agradable de escuchar en cualquier momento del día o de la noche.

En Pezones de Venus, vamos a analizar el disco en dos entregas distintas, dedicando cada una de ellas a las dos partes de que consta este Happiness is the Road. Creo que es bastante útil, ya que la concepción de ambas guarda diferencias importantes.

La primera, subtitulada Essence, es la más homogénea de las dos en todos los sentidos. Es una obra conceptual, en el sentido de que todos los temas se engloban dentro de una reflexión, muy directa y sencilla, sobre los estados de ánimo del ser humano, sus miedos, sus incoherencias y sus virtudes. Músicalmente está lleno de temas cercanos, pegadizos y sin muchas complicaciones.

Marillion abre Happiness is the RoadEssence con Dreamy Street, una introducción que no llega a los dos minutos y en la que una atmósfera étera y un piano profundo sirve de base para que Hogarth nos hable de un sueño algo surrealista. Igual que el origen de la vida y del amor, este comienzo es algo enigmático, y me parece interesante que sea así.

¿Qué es la vida? Cada uno podría dar su propia respuesta. Para Marillion, es como un tren en el que uno viaja sin saber bien cuál es el destino, un tren en el que uno va pasando por una estación tras otra, en el que a veces va dormido sin darse cuenta de lo que sucede a su alrededor y otras despierto y alerta. Y, sobre todo, un tren en el que uno siempre quiere viajar acompañado. Ese es el escenario que dibuja This Train Is My Life, un tema con el que Marillion abre definitivamente el álbum danbdo una dosis de pop sugerente y atractivo que difícilmente puede decepcionar.

Imaginen ahora que se bajan en una de esas estaciones. Marillion describe el placer de la existencia cuando uno consigue darse cuenta de que, lo importante, es dejarse llevar por la esencia de las cosas. Essence es uno de los dos puntos brillantes de todo el disco, un tema mucho más progresivo que el anterior, que avanza a través de diversas sensaciones y sonidos convirtiendo la naturaleza y todo lo que nos rodea en una oportunidad para vivir. El tramo final del tema es un crescendo lleno de sensibilidad en el que Hogarth desgrana un verso tras otro haciendo crecer con su voz la emoción.

Wrapped Up in Time es un tema melancólico que habla del poso que dejan las cosas que van quedando atrás, de la imposibilidad de recuperarlas y del recuerdo que de ellas nos queda (An echo of  the time they were wrapped in / Sweet or bitter in the memory).

Liquidity es un tema instrumental muy basado en su título, la emulación de gotas cayendo por medios de sintetizadores y un ritmo circular en consonancia con la apuesta sonora del resto del disco.

Pero también nosotros mismos, todos nosotros, tenemos un lado incoherente y profundamente inestable que nos hace arrepentirnos de las cosas que hemos deseado durante mucho tiempo, estar constantemente insatisfechos, tener la sensación de que nada puede llenar ese vacío en nuestro interior. De eso habla Nothing Fills the Hole, un tema con un ritmo incial que pide segundo a segundo una liberación que llega enseguida con un estribillo en el que la voz es, en realidad, un instrumento más. La canción termina en un remanso agradable, como los momentos después de hacer el amor.

Woke Up es un tema muy ochentero, demasiado tal vez, que no creo que aporte demasiado al disco y cuya letra, excepcionalmente, se aparta del viaje emocional que estamos describiendo.

Trap the Spark nos habla del irreprimible deseo de intentar atrapar esos momentos mágicos que nos suceden de vez en cuando, los momentos en los que todo es perfecto. Haciendo referencia al libro de Stevenson La Isla del Tesoro, Marillion propone un tema inestable, lleno de subidas y bajadas, intentando emular la sensación de la que hemos hablado.

A State of Mind empieza como una especie de fábula en la que un viajero que viaja en un avión descubre, através de una grieta en las nubes, una isla en la que viven cientos de personas en armonía. Hogarth nos invita a olvidarnos de nuestras antiguas heridas y unirnos en hermandad con el resto del género humano. Un estribillo que recuerda el juego vocal de This Train is My Life, aunque sin su fuerza.

Después de este viaje emocional, Marillion presenta su moraleja en Happiness Is the Road, el segundo de los grandes momentos de esta primera partel del disco. Su conclusión es que debemos sentirnos afortunados por cada nuevo día que vivimos, ya que es una nueva oportunidad de empezar de nuevo, de superar el sufrimiento y empezar a andar de nuevo por ese camino que, aunque no nos lleve nunca a un destino identificable, nos llenará de felicidad si sabemos recorrerlo. La primera parte es una oda atmosférica y frágil construída con sintetizadores y una voz que nunca le ha sonado a Hogarth tan llena de sensibilidad. A los tres minutos, da un giro de ciento ochenta grados, e inicia una línea argumentativa, llena de posibilidades distintas, en la que recuerda las veces en las que uno no es capaz de avanzar porque está atenazado por los malos recuerdos y el sufrimiento. La melodía avanza en un claro crescendo que se va llenando de energía hasta explotar en el espasmódico y liberador verso central, Happiness is the Road!, invitándonos a seguir adelante (Look around you / Feel your soul inside you), a saborear lo que nos rodea (The life that’s giving In every thing that’s living) , para terminar con un salmo contra la tristeza y el dolor (You are not your pain / Say it again / You are not your pain).

Essence termina con Half-Full Jam, un tema que, en mi opinión, después del magnífico tema épico que acabamos de describir, sobraba.

En general, esta primera parte, salvo momentos excepcionales, muestra, como ya decíamos, una gran homogeneidad musical y conceptual. Si me ha costado reseñarla, es porque, a pesar de los momentos brillantes que tiene, también deja cierta sensación de agotamiento, de poca originalidad en algunas de las canciones. Happiness is The Road ha provocado todo tipo de reacciones, desde las más entusiastas (que han llegado a calificarlo como el mejor disco del grupo) hasta las más críticas (que lo han visto como un giro más hacia lo comercial). Creo que la verdad está en un punto intermedio.

The Official Marillion Website

Entrevista a Marillion en Radio3 (RNE 3)

Nick Cave & The Bad Seeds – Dig, Lazarus, Dig!!!

In Música on abril 24, 2009 at 07:57
Dig, Lazarus, Dig!!!

Dig, Lazarus, Dig!!!

Justo un año después de la publicación de Grinderman, el álbum con el que Nick Cave presentaba en sociedad su grupo alternativo, de nombre homónimo, el australiano y su grupo de presidiarios, The Bad Seeds, sacaba Dig, Lazarus, Dig!!!, el décimo cuarto álbum del grupo.

El título hace referencia, como uno se puede imaginar, al milagro de la resurección de Lázaro. Como cualquier persona inteligente, Nick Cave siempre ha estado interesado en la religión, aunque en su caso, en ocasiones, llega hasta límites obsesivos. No en vano tuvo una profunda educación anglicana en su Australia natal.

Con el peculiar humor que le caracteriza, confiesa su interés por este pasaje de los evangelios afirmando, en clave sarcástica, que no es Houdini, sino Lázaro, el escapista más grande de la historia.

El sonido y la filosofía del disco es la que, en general, ha desarrollado Nick Cave a lo largo de su carrera. Aquí no nos encontramos con esa atmósfera primitiva y corrosiva de Grinderman, sino algo más clásico en el buen sentido de la palabra, un rock más digerible o un proto-punk sosegado, según se mire.

Dig, Lazarus, Dig!!!, el primer single del disco y el primer corte del mismo, es un tema que podría calificarse de humorístico-festivo, y no sólo por la letra (un relato de la historia de Lázaro en el Nueva York actual), sino por la representación histriónica que se marca el australiano en el videoclip. Es un ejemplo de la forma de hacer canciones de Nick Cave, un artista que prefiere la sencillez y la inmediatez a la complejidad. Sus temas entran directamente en el corazón y en la cabeza sin intermediarios. Y si ganan con cada escucha, no es porque se descubran muchas cosas nuevas, sino porque uno se da cuenta de la genialidad que se esconde dentro de esa sencillez. Ideal para recordar lo fácil que, en el fondo, es vivir.

El carácter festivo, sin desaparecer, deja paso a un tono más profesional, más pensado. Today’s Lesson es una canción más eléctrica y, en el fondo, más clásica. Parece que no hay consenso en cuanto al significado de la letra, algo bastante habitual en las canciones de Nick Cave, aunque ¿acaso importa?

Los Bad Seeds siguen bajando la intesidad con Moonland, el primer tema que parece intentar volar alto, no conformarse con las fórmulas. Es un tema sorprendente porque en él contrasta el ritmo tranquilo de la voz y de la melodía con el frenetismo de la batería. Una guitarra eléctrica distorsionada completa la frase principal. Después de escuchar esta canción, uno empieza a pensar que más adelante puede haber grandes cosas, que Nick Cave y sus Bad Seeds no han venido sólo a fardar.

Y así es. Justo a continuación, llega el que, en mi opinión, es el primer gran momento del disco, Night of the Lotus Eaters, un tema en el que los Bad Seeds hacen lo mejor que saben hacer, crear atmósferas inquietantes y sombrías con los elementos más básicos. La voz de Nick Cave se muestra eficaz y muy personal entonando un salmo contra todo lo que nos deshumaniza, desde los centros comerciales y el juego hasta la estupidez, defendiendo como alternativa una ética personal basada en la honradez y en el honor (If I had the strength I might pick up my sword / and make some attempt to resist). El título hace referencia a uno de mis libros favoritos, La Odisea, en concreto al pasaje de los lotófagos.

Albert Goes West es una canción que suena a rock underground de los ochenta. Si se la imaginan tocada por REM y cantada por Michael Stipe cuadra a la perfección. Un buen trabajo a las guitarras y muy efectivos los cambios de ritmo, aunque si algo lo distingue son esos coros retros que adornan todo el tema. Como es Nick Cave, tiene que introducir ciertos pasajes casi en speak voice, pero son sólo eso, pasajes. Dejémosle, tiene que desahogarse de alguna manera.

We Call Upon the Author es una joya de esas a medio camino entre el punk más esencial, el blues más sonoro y el rock más sucio. Una retaila de versos entonados prácticamente en speak voice, más salmos de Nick Cave, acompañados de las locas guitarras de sus compañeros y de una batería que intenta no desmadrarse demasiado para que al menos haya alguien que conserve la cordura. El estribillo es una de esas descargas furiosas y pegadizas que podría haber convertido el tema en un candidato perfecto a single. La verdad, cuando intento entender algunas letras de Nick Cave, a mí también me entran ganas de gritar lo mismo, And I call upon the author to explain!!!

Hold on to Yourself es otro momento alto del disco, un tema construído de forma progresiva a base del rasgueo rítmico de una guitarra, ambientes portuarios y una batería muy suave. Todo ello para que Nick Cave desgrane, en su voz profunda y versátil, unos versos que evocan esa antigua filosofía religiosa que recuerda que Dios sólo ayuda a los que se ayudan a sí mismos. Una canción de casi seis minutos que nunca llega a estallar (y por eso ha recibido algunas críticas) pero cuya magia reside, en mi opinión, en el poder del ritmo, de la melodía y en las sutilezas vocales.

Lie Down Here (& Be My Girl), a medio entre el rock punk y el blues moral, nos ataca de nuevo por el lado salvaje. ¿Por qué será que hay pasajes que me recuerdan a REM (a REM después de haberse tomado varias copas)?

Una hermosa canción más comedida, de esas que Nick Cave introduce en todos sus dicos para ganarse nuestros corazones, Jesus of the Moon tiene una orquestación más sofisticada y lírica. Y, en esta ocasión, aparca su irressistible tendencia a lo desmesurado y compone una letra contenida y emocionante con versos que valen su peso en oro (como Well, I kept thinking about what the weatherman said / And if the voices of the living can be heard by the dead). Uno de los momentos brillantes del álbum.

Despues de adentrarse en lo más profundo de nuestra alma, Nick Cave nos suelta ligeramente para devolvernos tranquilamente a la vida con los teclados que sirven de base a  Midnight Man. Pocoa poco el tema va retomando el pulso, las guitarras resucitan para acabar en un estribillo lleno de furia contenida en la mejor tradición del rock. Creo que esta canción puede brillar mucho tocada en directo.

Los Bad Seeds cierran el disco con More News From Nowhere, un rock suave y asequible cuyo único defecto, en mi opinión, es su excesiva duración en comparación con lo propuesto (casi ocho minutos). Se le perdona por las nuevas referencias a La Odisea.

En general, estamos ante un disco que no está construído en torno a una idea central. Tampoco posee una unidad de sonido común a todos los temas, como era el caso de Grinderman. Dig, Lazarus, Dig!!! es un compendio de canciones en el que nos encontramos recetas para cada momento del día y de la noche, canciones que no se andan por las ramas, que van directas al corazón y a la cabeza.

Web oficial de Nick Cave & The Bad Seeds

Letras de Dig, Lazarus, Dig!!!